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Cuento

Amasando un Placer

Cuento

Se sentaron en sus sofás una noche fría a oscuras, y habían acordado que la única luz que los iluminaría sería la del fuego de la estufa a leña. A cada noche que pasaba la consigna inicial era diferente, pero esta noche le tocaba a Pedro, y él empezó el ritual imaginándose a ambos amasando un bollo sobre la mesada para cocinar pizzas.

Se le había solicitado a Lucía que espolvoreara un poquito de harina para que el bollo no se adhiriera, mientras él con su fuerza masculina, torpe aunque determinante, moldearía la masa encima de aquel polvo blanco. Lucía agregó detalles a la escena que subían un poquito el tono, pero que eran necesarias para el desarrollo de la historia: ella estaría vestida solamente con un delantal de cocina, el resto del cuerpo totalmente desnudo, y que lo abrazaría por la espalda a él mientras ejecutaba sus movimientos de amasado a presión sobre la mesada. Lucía lo había visto en fotos, se figuró entonces que en ese momento del amasado, sus manos grandes dejarían entrever a nivel de la piel el mapa completo de sus venas gruesas, proponiéndose el juego visual de recorrer el camino de una de ellas, desde el muñón, atravesando toda su mano, pasando por su muñeca, recorriendo la longitud de su brazo fornido hasta el codo. Decidió que lo recorrería con uno de sus dedos índices suavemente, mientras dejaba que Pedro continuara moldeando el bollo para no distraerlo tanto. También pidió que Pedro usara una musculosa arriba, pero que abajo no tuviera absolutamente nada.

Cuando la masa estuviera bien moldeada y homogénea, Pedro acabaría con ella dándole una forma de redondez perfecta, que le recordaría a los pechos de Lucía. La palparía como si estuviera sintiendo uno de ellos en ese preciso instante, sabido es que cuando se cocina de verdad, se cocina con pasión, de lo contrario no sabría tan pero tan rico. El acabado es tan importante como la previa y el proceso.

Luego le echaría un poco más de polvito blanco por encima, una cantidad testimonial, para después cubrirla con un repasador. Llegaría entonces el momento de espera a que la masa leude, para poder estirarla después.

¿ Cuánto se espera ? ¿ Veinte minutos ? ¿ Media hora ? ¿ Lo suficiente hasta ver que crezca ? Cada cocinero tiene su librito.

Pedro sabía que el de él era uno muy especial, por lo que se daría la vuelta para dedicar su atención a la asistente de cocina más deseada de todas. La del delantal. Sólo el delantal. Primero la tomaría por la cintura con derecha, y con mano izquierda, paulatinamente, le rozaría el mentón con dos dedos, los cuales irían descendiendo en un viaje de largo aliento, sin apuro aunque con un disfrute completo, ellos se ubicarían en primera instancia sobre el cuello.

Pero Lucía quiso antes una parada técnica: ella quería devorar esos dedos primero. Abrió entonces su boca y comenzó a morder gradualmente las puntas, luego con la acumulación de saliva a succionar hacia adentro, hasta dar con el tope de los muñones. Cómo le gustaban los muñones. Cuando hubiera llegado a ellos, la lengua entraría a jugar, retiraría los labios para que su lengua tomara el protagonismo que se merece.

Mantenimiento completo: ya puede continuar, señor.

Los dedos de Pedro podrían seguir su curso, ahora sí recorriendo mentón y cuello. Llegado a la zona del pecho dibujaría redondeles con sus puntas, mientras con la mano derecha iba de a poco elevando el delantal, en un retiro suave. Ya esa mano podía entrar en contacto con su nalga, firme, redonda y generosa. Ya la podría palpar.

Lucía agregó que sus manos también saben jugar: con su derecha se metería detrás de la musculosa, en un inicio a la altura de la cintura para ir subiendo a palpar el six pack de la zona media prometida. Con el izquierdo … el izquierdo sabe manipular, y con habilidad se encargaría de ir dándole ánimo y actividad a la zona de la entrepierna.

Pedro acotó que aquella zona ya estaba bastante lista para la acción, y con firmeza apretó aún más la mano derecha contra la nalga, para que ambas pelvis se encuentren, y alguna especie de frotamiento de preámbulo exista. Lucía no podía privarse de ninguna fantasía pendiente antes del cajón, y por eso decidió agarrar el paquete de polvo blanco. Se retiró bruscamente el delantal y se esparció un poco sobre los pechos y también sobre la mojada entrepierna. Luego dejó el paquete a un costado, y le exigió los servicios correspondientes a Pedro.

Pedro se abalanzó con la boca hacia el pecho izquierdo polvoriento que necesitaba un poco de humedad bucal, mientras los dedos de la mano izquierda bailarina se incomodaban en el centro del pecho, y encontraron su lugar final sobre el otro pezón. Devoró pecho y pezón con labios y con lengua, y con mucha saliva, mientras ambas pelvis se hamacaban una sobre otra al compás de un merengue. La mano derecha de Lucía se perdía entre las calles del six pack, mientras con la izquierda hacía malabares de dos pelotas, probando de tanto en cuanto y con roces suaves la entrada a su tacto rectal.

La zona caliente aumentaba cada vez más su temperatura y su sudor, la sangre estaba concentrada en un mismo lugar. Pedro sugiere un próximo paso:

Me encantaría que esto lo hiciéramos a pelo, Lu. Sé que vos no lo harías, pero en este espacio sí se puede.

Se quedó esperando una respuesta que nunca llegó en el resto de la noche.

Lu había trabajado muchas horas ese día. El calorcito de la estufa, la oscuridad del living, los cinco minutos de tregua en la respuesta anterior de Pedro, todo en su conjunto le dieron al cuerpo de Lu el espacio necesario para que cayera rendida en sus propios sueños.

Pedro, con una mano abajo del todo, y la otra en el celular, dio por finalizada la fantasía culinaria de esa noche:

— Bueno … la seguiremos mañana — Pensó.

Abrió una nueva pestaña en el Navegador, y puso “Pendejas con buenas tetas“ en Google.

Lo que ya tenía encaminado, como todo aquello que tuvo previa y proceso, de alguna forma lo tenía que acabar.

Ya no contaba más con el polvito de la harina … pero sí tenía otra cosa.