Baños de Contraste
Sirven para tratar la inflamación, aunque también para otras cosas ...
El duchero mandaba agua caliente con máxima potencia mientras Diego se enjuagaba con sus manos sobre el cuerpo. Tenía el entusiasmo y la emoción de un hombre que en cuestión de algunas horas habría de encontrarse con una muchacha que quizás sería el amor de su vida. Él siempre soñó con eso: con una mujer que lo acompañara hasta el fin del mundo, que fuera compinche de todas sus cagadas, que compartieran juntos las más extravagantes aventuras, caminando descalzos entre las rocas, apreciando un atardecer con copas de vino y con miles de besos después en la oscuridad. Una mujer con la cual burlarse de las señales de la vejez, ir de visita a la mutualista en taxi para repetir remedios, y caminar juntos por el parque con bastones. Alguien con la cual reírse de la muerte hasta el último día.
Mientras el agua caliente caía, Diego estaba caliente por dentro, todo se le movía por Ana.
Ella era una mujer muy especial para él: es de esas chicas que cuando te agarran no te sueltan por nada. Que te cuentan todo de su vida, te invitan a entrar. Las que te pegan entero con cada una de sus palabras, como martillazos que llenan de energía el corazón.
Para él recibir un mensaje de Whatsapp de Ana era un choque eléctrico al sistema nervioso:
Hola corazón ! Te espero en casa ! Cuando estés en la puerta avisame.
Cerró el duchero, se secó y se cambió de ropa. Esta vez tenía pensado hasta el más mínimo detalle de su atuendo: blazer de color gris, remera blanca, jeans celestes y mocasines marrones, un reloj dorado en su muñeca izquierda, una cadena plateada sin dije y lentes negros de armazón grueso. Eligió el mejor perfume que tenía y salió hacia la calle como tren bala sin frenos.
Trece cuadras lo separaban de la casa de ella. No fue en vehículo porque iban a tomar, habían comprado entre los dos unas cervezas a medias el día antes. Mientras caminaba sin detenerse, su mente repasaba aquella noche en que la había conocido: fue hace tres meses atrás en la barra de un bar, cuando ambos pidieron al mismo tiempo el mismo trago, —un Tequila Sunrise—, y quienes atendían en ese momento les dijeron que no podían servir más ese trago porque ya no les quedaba más tequila. Ambos compartieron un momento de indignación al enterarse de que su trago favorito ya no lo podían disfrutar más por el resto de la noche. Al menos no en ese bar. Fue tan compartido ese sentimiento común entre ambos, que empezaron a charlar acodados a la barra. Pegaron onda enseguida, y entre los chistes compartidos a modo de queja irónica hacia la barra de ese bar, decidieron cruzar al bar de la competencia en frente a pedir ese Tequila Sunrise que tanto querían.
Ahí empezó todo: tomaron un par de tequilas juntos, sintieron una conexión ineludible que los fue llevando con el pasar de las horas desde el bar hacia la casa de él, y entonces consumaron lo que ambos deseaban. Una relación que llevaba ya algunos meses y que habría de tener hoy un encuentro más.
Llegó finalmente al edificio, saludó al amigo portero, se dirigió al ascensor y marcó el piso 5. El ascenso más lento de toda su vida, llegó a pensar que los ascensores son más lentos que una tortuga. Salió por el quinto con toda la furia, dobló a la derecha por el pasillo de apartamentos, el 513 es el que está en el final, lo lindo siempre está al final pensó, llegó y golpeó la puerta. Cuando fue a golpear por tercera vez apareció ella:
— Hola corazón — Saludó Ana con su sonrisa de labios rojo oscuro y los dientes más perfectos y blancos que Diego vio en su vida.
— Hola hermosa — Se abalanzó hacia ella, le acarició el cuello con su mano derecha, acomodándole el pelo suavemente, luego la besó.
Primero fue un beso corto, después se distanció, volvió hacia adelante para pegarle una comida al labio inferior, ella le lamió el superior y después él entró con lengua hasta el fondo. Final del beso.
— Pasá, dale, no te quedes acá — Ordenó Ana.
— ¿ Dormiste bien anoche ?
— Sí … aunque me hubiese encantado que estuvieras, pero me lo quería guardar todo para hoy.
Ana se sentó en el sofá y Diego fue derecho a la heladera a agarrar un par de cervezas. Ese día no quisieron cocinar el almuerzo, pidieron a domicilio unas pizzas.
Diego seguía encantado por esa mujer: le excitaba muchísimo que se hubiera pintado los labios para la ocasión, y más aún le fascinaba su pelo lacio y largo, que se lo acomodaba de a ratos, jugaba con él usando sus manos mientras sonreía a la par. Era imposible no caer en la maldición. Una maldición divinal.
Usaba un vestido floreado y holgado, pero eso no impedía que la forma de sus pezones se le notaran sobre la superficie de la tela. Le encantaba no usar sostén mientras estaba con él, y eso a él lo desquiciaba.
Conversaron sentados en el sofá durante largo rato, mientras las latas de cerveza se vaciaban con el tiempo como si las hubiesen estirado con agua. Luego llegó la pizza: habían pedido una redonda y napolitana. Disfrutaron después de un helado de postre que también lo habían comprado el día antes para no tener que ir a buscarlo en ese momento. Después de comer prendieron la tele y se pusieron a mirar unas películas, ahí fue el momento en el que se mudaron para la cama.
Era un placer de los dioses mirar una peli con ella, en especial cuando nada tenía que ver con mirar una peli …
Después de mirar la intro durante unos quince minutos, ambos sabían que estaban ahí acostados para realizar otras cosas. Que la farsa no se podría sostener por mucho tiempo.
Diego inauguró el ritual retirando el vestido mientras con la punta de sus dedos comenzaba a aterrizar suavemente sobre una de sus piernas. Una vez retirado por completo, la agarró con fuerza por su cintura y la dio vuelta sobre la cama bruscamente, para empezar a acariciar su espalda con delicadeza, mientras sus besos acompañaban ese ritual sobre la nuca de ella.
Estuvieron un buen rato así, hasta que el órgano de Diego no se hizo esperar por estar demasiado cerca y en contacto de roce con la piel de las nalgas de Ana. Entonces Diego se desvistió y comenzó a frotarlo de a poco, mientras seguía intensificando sus besos explorando aún más la zona de la nuca, para después girarle levemente la cara para darle un beso intenso de costado.
— Mis amigas tienen hambre … — Sugirió Ana, y Diego se dispuso a eso.
La dio vuelta con la misma brusquedad que antes, y con sus labios de a poquito comenzó un juego de roces rodeando primero la areola del pecho derecho, luego levantando la boca para dirigirse hacia la del izquierdo, después ya sus movimientos se volvieron más agresivos, besó y chupó un pezón y luego el otro, sopló suavemente el pezón izquierdo mientras tocaba con caricias de pulgar el derecho.
Ana disfrutaba a pleno entre sus gemidos, con aquél juego carnal que sabía que a ella le encantaba.
De pronto los frotamientos se empezaron a intensificar: el miembro de Diego un poquito humedecido, su tronco ya se escabullía de a poquito entre medio de los labios genitales de Ana, ambas partes lubricadas como si se tratara de dos manos frotándose en aceite.
El terreno estaba preparado, punto de cocción ideal para los dos.
El miembro de a poco empezó a redireccionar su punta hacia la puerta, lentamente, y mientras con sus manos elevó las piernas de Ana para posicionarlas apoyadas sobre sus hombros, Diego se adentró en su sexo y ambos se fusionaron plenamente.
Entre gemidos y jadeos, los poros de las pieles fueron abriéndose. Algún indicio de calambre hacía que se acomodaran de otra forma: Ana trataba de aferrarse con las manos al cabezal de la cama, mientras Diego cambiaba la inclinación de su cuerpo, controlaba el ritmo de sus movimientos de cadera, por momentos duro, por momentos rápido, unas veces los cambios de ritmo eran por sorpresa, otros a solicitud de ella.
Las patas de la cama golpeteaban el suelo en un patrón rítmico comparable a los martillazos de un vecino molesto, mientras Ana soltaba todo lo que tenía adentro y gritaba. Diego tenía un gemido un poco más tímido, pero acompañaba de todas formas sus cantos a su manera.
Con la sábana húmeda y los cuerpos pegoteados, tomaron por fin un breve descanso uno encima del otro, inhalando y exhalando profundamente para recuperar. Luego Diego se retiró y se acostó a la derecha de Ana, abrazándola con el brazo derecho y acariciándole el pelo con la mano izquierda.
Diego hubiese querido que ese momento no se terminara nunca, seguir así, abrazados hasta que se termine el mundo, hasta que caiga un meteorito y dejen todos de existir. Él era un hombre feliz abrazado a Ana, acariciándole la cabeza, conteniéndola como diciendo yo estoy acá, te voy a querer como sos toda mi vida, te voy a cuidar.
Después de un largo rato abrazados en ese momento íntimo, Ana estira su brazo hacia la mesita de luz, mira el celular, y rompe el silencio:
— Uy, se me está haciendo tarde … tengo el cumple de mi ahijada en un rato.
— Tranqui no pasa nada. Igual, me encantaría seguir … — Dijo Diego mirándola a los ojos sonriente.
Entonces ambos se vistieron, acomodaron algunas cosas, la habitación a esas alturas era lo que se diría un desastre: muchas latas vacías, la caja de la pizza, el tarro del helado, los vasos sucios. Una vez ambos terminaron con la limpieza, se despidieron con un beso largo, como si los dos supieran que no se volverían a ver por un buen tiempo.
Diego se fue de ese apartamento totalmente dopaminado, y el ascensor bajó hasta la planta del hall como torpedo.
Salió a la calle, y caminaba viendo la ciudad con los ojos de quien descubría algo fascinante, todo a su alrededor le maravillaba, luego volvía a pensar en Ana, en ese encuentro que había tenido en su casa hacía un ratito y el corazón le latía más fuerte aún, tenía ganas de moverse por todas partes como un niño sorprendido por las novedades del mundo exterior.
Se dejó llevar por sus pasos errantes, y tomó otros caminos alternativos para atravesar calles de la ciudad por las que no estaba tan acostumbrado a pasar, no quería volver a su casa, quería continuar inmerso en ese momento cúlmine de felicidad al saber que realmente era un hombre enamorado, un hombre vivo. Quería que todos en la calle lo vieran feliz, que sintieran esa alegría, la captaran y la hicieran parte de ellos mismos.
Llevaba su cuerpo en movimiento por las calles durante ya más de media hora, cuando de pronto el celular le vibró:
¿ Será Ana ?
Metió su mano en el bolsillo y sacó el celular, era una notificación de Whatsapp de Ana ¡ Qué alegría ! Sus dedos fueron deslizándose táctilmente sobre la pantalla, y se detuvo a leerlo:
¡ Hola Tony ! ¿ Cómo estás corazón ? Diego ya se fue, podés venir cuando quieras. Tengo una sorpresita linda para vos … pero primero vas a tener que esforzarte si querés descubrirla … 🔥🔥
¿ Tony ? ¿ Cómo que Tony ? ¿ Quién es Tony ?
A Diego la cara se le puso blanca como cabeza de ajo. Se detuvo a releerlo una vez más. Luego lo leyó cinco veces. Diez para estar seguro. Lo leyó palabra por palabra, mientras el corazón dejaba de latir intensamente y sentía cómo una especie de sensación de acidez se le subía desde el estómago hacia la garganta. Se puso nervioso, seguía parado sobre la vereda con el celular en su mano, mientras los transeúntes pasaban a su lado mirándolo con cierta extrañeza.
De pronto Whatsapp refrescó la pantalla con una modificación al mensaje que tanto había releído:
🚫 Se eliminó este mensaje.
Hola corazón ! Me equivoqué, no era para vos el mensaje, perdón.
Avisá cuando llegues !
Besote ❤️
Lentamente, Diego fue guardando el celular en su bolsillo. Esperó un par de segundos, y después retomó la caminata de retorno.
Llegando a su casa, lo primero que hizo fue dirigirse directo hacia el baño por el cual había salido hacía unas horas atrás. Entró, se quitó los lentes, el reloj de pulsera y la cadena. Después se sacó los zapatos mocasines, el blazer, la remera, los jeans, las medias y el boxer.
Se metió entonces en la bañera.
Abrió el grifo de la ducha y lo giró de golpe todo hacia la derecha sin dudarlo y los chorros potentes de agua bien fría no tardaron en dispararse hacia abajo. Cerró los ojos bien fuerte para aguantar el mazazo de semejante vendaval. El torrente de agua fluyó corriendo por encima de toda su piel desde la cabeza hacia los talones, y su cuerpo empezó a tiritar.
Se fue llevando de a poco sus manos hacia la cara, mientras que de los mismos comenzaban a brotar las primeras lágrimas calientes de llanto que se sumarían a la correntada de agua gélida de la ducha. Contrajo los pómulos, frunció las cejas, el líquido del llanto ya empezaba a formar parte del ritual de baño.
Así estuvo durante muchos minutos, hasta que en determinado momento y con la ayuda de su mano temblando de frío cerró definitivamente el grifo.
Ya era suficiente.