El Carrito
"La vida es una aventura atrevida o no es nada." - Helen Keller.
La camioneta Volkswagen Kombi blanca circulaba a toda velocidad por la ruta. Adrián ya había terminado de repartir a todos los botijas de la escuela a sus respectivas casas, y era viernes a la tarde, lo cual era sinónimo de libertad. No podía esperar más a que llegara ese momento.
Había invitado a su hijo y a su ahijado a pasar un fin de semana en la inmensidad del campo.
La verdadera vida era esa, no la monótona de trabajar para vivir, de correr la carrera de la rata, de esforzarse, cobrar, pagar las cuentas, quedarse pelado, volver a trabajar, una y otra vez sin parar.
Adrián siempre soñó con una vida diferente: comprarse una motor-home y salir a recorrer el mundo, vivir con lo puesto. Disfrutar de la verdadera conexión con la naturaleza, con la tranquilidad y con todo aquello que evocara un poco al ser humano primitivo. Pasar un día libre en la casa jamás sería una opción para él.
Su mujer Lorena lo conocía muy bien, sabía que le encantaban esas cosas, pero al mismo tiempo era consciente del peligro que implicaba llevar a dos menores de edad a un lugar desconocido, más aún sabiendo que el mayor a cargo sería el propio Adrián.
Ella tenía a mano el contacto de un amigo que trabajaba en la comisaría de la ciudad de Sauce, solamente por si las dudas. Así que, teniendo en cuenta esa precaución, le permitió a su marido y a su hijo emprender el viaje.
Cuando Adrián llegó a casa cargó todas las cosas: una mochila con ropa, una heladerita con bebidas, hielo y comida, una carpa playera, una valija con elementos de pesca, y unas cañas y riles.
En su galpón conservaba un carrito de compras que había sustraído una tarde del supermercado. Salió empujándolo con total naturalidad y, cuando llegó el momento de devolverlo, fingió no darse cuenta y se lo llevó. Desde entonces lo usó para guardar herramientas de caza y pesca.
Ya con la Kombi cargada, llamó a Jorgito, y ambos emprendieron el viaje. En el camino levantaron al ahijado Beto.
Saliendo desde Sauce, y luego de recorrer unos cinco kilómetros por la Ruta Nacional 6, doblaron por otra calle de pedregullo por un par de kilómetros más. Abrieron una portera y se metieron campo adentro con la Kombi, otro par de kilómetros más. Por ahí estacionaron la camioneta y descargaron las cosas.
La tarde no era muy diferente de aquellas de un Marzo que mostraba los últimos coletazos del verano: calurosas y pesadas. Estaba bastante nublado, y no había una gota de viento. Tres personas atravesaban el campo cargadas de cosas: Adrián tenía la mochila en la espalda, una maleta en la mano derecha, y arrastraba el carrito con su mano izquierda. Beto llevaba su mochila y la heladerita, y Jorgito el más chico, solamente llevaba consigo la carpa playera y un bolso.
El objetivo era encontrar aquella cantera en donde le prometieron a Adrián que habría una muy buena pesca, y como él no había ido antes, tenía que descubrir ese lugar. Estuvieron como una hora caminando, atravesando yuyos, matorrales, esquivando arroyos, deleitándose con el cantar de los Benteveos, entreteniéndose en sus charlas mientras caminaban, entre los cuentos, los chistes y las anécdotas.
En determinado momento, el terreno se había vuelto demasiado desparejo, y entonces a Adrián le estaba molestando mucho tener que arrastrar el carrito de compras, así que lo dejó quieto en un lugar, y siguió de largo caminando sin él.
Luego de media hora más de campo traviesa descubrieron finalmente la cantera, y acamparon a unos metros de la misma. Ya estaban casi a dos luces, y el cielo se iba tiñiendo cada vez más de un gris oscuro. Aprontaron la picada, y sacaron unos vasos de aluminio para servirse la bebida. Luego se pusieron a juntar leña, y prendieron una fogata al lado de la cantera. Tiraron unas cañas y se sentaron en el suelo a meditar y a conectar con la paciencia a la espera de los primeros piques.
Adrián y Jorgito no tuvieron mucha suerte aquella noche, pero el Beto consiguió pescar una Anguila.
Después de varias horas el sueño empezó a adueñarse de los cuerpos, y entonces se fueron a la carpa.
En ningún momento habían escuchado el pronóstico del tiempo.
Alrededor de las cinco de la madrugada comenzaron los primeros vientos, y después se largó a llover. Las condiciones climáticas no invitaban a seguir acampando, así que tuvieron que desarmar todo para volver.
Sacaron las cosas para afuera de la carpa, luego la desarmaron y la volvieron a guardar, mientras la lluvia los duchaba mansamente con su agua fresca. Cuando ya tenían todas las pertenencias en sus manos, emprendieron retorno caminando como quien tiene la certeza de que va a perder un ómnibus.
Después de mucho tiempo de caminar encontraron la camioneta. Cargaron todas las cosas, Jorgito y Beto subieron atrás, Adrián se subió del lado del conductor y encendió el vehículo. La Kombi sólo pudo avanzar unos metros: había mucho barro en el suelo, y los neumáticos no tenían mucho de donde agarrase para poder salir de la patinada. Adrián intentó varias veces sacar la camioneta, pero todas fueron sin éxito.
A los pocos minutos la lluvia paró, y sonó el celular:
— ¡ Hola Adrián ! ¿ Cómo están los gurise ?
— Hola Lore, estamos bien, la camioneta se quedó.
— ¿ Cómo que se quedó ?
— Si, se quedó en el barro. Los voy a llevar a la ruta pa´ que tomen el UCOT.
— ¡ No ! ¡ En ómnibus no vuelven ! Dejame llamarlo a Marcos y que los pasen a buscar allá.
— Ya son grandes … pueden volver solos.
— ¡ No ! ¡ No son grandes ! Son niños todavía, dejá que yo lo llamo y que pase por la ruta.
Lorena cortó la llamada.
Y fue así que los tres caminaron para atrás: dos kilómetros por el campo hasta la calle de pedregullo, y luego otro par de kilómetros más hasta la ruta.
Una vez que llegaron a la ruta se quedaron un rato en la parada esperando. El viento ya había amainado y las nubes de tormenta se iban despidiendo en su rumbo hacia el este.
De pronto, desde la lejanía y acercándose hacia ellos se observó a una camioneta Mahindra de colores blanco y azul llegando hasta la parada. En el costado rezaba la leyenda: “POLICIA”. Los dos se despidieron de Adrián, se subieron a la camioneta y se fueron.
Estando adentro de la Mahindra, Beto lo miró a Jorgito con una mueca de sonrisa y le dijo:
— ¿ Cómo llegaste acá ? Yo llegué por hurto ...
— Yo, por rapiña — Contestó Jorgito, y ambos se rieron a la par.
Jorgito y Beto volvieron para sus casas, y Adrián por su parte pudo conseguir a un generoso vecino dueño de un tractor, para que lo ayudara a salir del atasco de la Kombi, y todos volvieron finalmente a la carrera de la rata de su cotidianidad.
Desde aquel entonces, Jorgito y Beto siempre lo gastan a Adrián en las reuniones familiares, imaginándose que en algún lugar remoto del Pantanoso cerca de la ciudad de Sauce, en el medio del campo, hundido entre los pastizales y la vegetación, yace aún un carrito de compras completamente oxidado, con anzuelos, riles de pesca, y alguna escopeta en su interior, y que con suerte algún trabajador rural andando a caballo se lo habrá topado por sorpresa … O tal vez no.
Ni las zonas rurales se salvaron del consumismo.