El Mar Picado
Notas en crudo (o no tanto) sobre la vuelta de un viaje con amigos
Tuve muchas amistades a lo largo de mi vida, pero a medida que vas madurando vas cambiando de amigos, aunque uno o dos se mantienen durante toda la vida. Mi grupo de amigos actual, es decir el grupo con el cual me relaciono con más frecuencia y salgo más seguido es un grupo que con sus idas y vueltas, lo mantenemos desde hace ya casi diez años. Disfruto mucho estando con ellos, en especial porque compartimos varias cosas en común, por ejemplo el gusto por juntarnos a comer y a tomar alcohol algún fin de semana, y también los planes de viajar en grupo, descubrir nuevos lugares y visitar países baratos para tener una excusa para llenar las maletas de ropa y productos a la vuelta.
Lo que tengo para contar tiene que ver con un viaje que hicimos juntos hace ya tres años a Buenos Aires. Uruguay siempre fue un país muy caro, pero en aquel entonces la diferencia de precios con Argentina era demasiado grande, una diferencia que para nosotros era tentadora ya que nos permitía comprar varias mudas de ropa con la misma plata con la que acá comprabas una.
Y entonces fue que un fin de semana de julio fuimos para allá. Tomamos primero un bus desde Tres Cruces hasta Colonia, y de Colonia cruzamos en un barco de una empresa conocida de transporte hasta Buenos Aires.
Visitamos muchos lugares, pudimos comprar cosas y pasear durante ese fin de semana, aunque el tiempo no acompañó mucho porque todo el fin de semana hubo niebla. Me acuerdo que Katy una de nuestras amigas, quería sacarse una foto en el puente de la mujer, pero no se veía ni la cuarta parte del puente.
Menciono a la niebla porque sería un culpable indirecto de lo que nos pasaría después. Ya siendo domingo a la tardecita, y a eso de las 6 de la tarde, teníamos las maletas prontas para volver. Había rumores de que los barcos en el puerto se estaban demorando, y algunos cancelando, por lo que nos íbamos haciendo la idea del panorama que íbamos a tener cuando llegáramos a la terminal. Y la verdad la situación fue bastante estresante desde el comienzo: la terminal estaba totalmente abarrotada de gente, los dos barcos anteriores estaban retrasados por el mal tiempo, y algunas personas con las que pudimos conversar, nos dijeron que estaban varados en la terminal por dos o más días, sin tener ninguna respuesta acerca de si iban a volver o no, si les iban a pagar hotel o no, en fin, una situación llena de incertidumbre y nervios para mucha gente.
Nosotros llegamos a la terminal mas o menos a las 6 de la tarde, y tuvimos que esperar como hasta la medianoche. Esas 6 horas de espera nos cansaron bastante, y en el medio conversamos con mucha gente, circulaban rumores sobre problemas de comunicación entre prefectura y la gente de la empresa de viajes, un rumor de que un barco que salía desde Colonia había quedado detenido en el puerto con toda la gente adentro sin poder salir y a la espera de que mejorara el tiempo, algunos videos circulando en redes que mostraban el caos de la gente adentro de ese barco insultando y queriendo demandar a la empresa. En fin, nosotros seguíamos en la terminal esperando que nos dieran la orden de embarcar, pero en esa ventana de tiempo, eran tan diferentes los rumores, los videos que se veían, y los comentarios que escuchabas, que no sabías qué pensar, sólo quedaba esperar con paciencia a que nos dieran una respuesta concreta.
De pronto alrededor de la medianoche nos dieron por fin la orden de embarcar. Resulta ser que, si bien las condiciones para volver en el barco no eran las adecuadas, porque el mar estaba picado y había niebla, la empresa igual decidió embarcarnos para volver, y según comentaban, nos mandaron en el barco más chico de todos, y como justo ese fin de semana era el fin de semana del día del amigo, la empresa sobre-vendió muchos pasajes por una promoción que había lanzado para esas fechas, entonces todos los que estábamos volviendo en ese barco éramos muchos más en comparación con la capacidad máxima que soportaba ese barco, por lo que había razones de sobra para pensar que volver en esas circunstancias podía ser peligroso.
Y bueno, con todo y eso nos embarcamos todos. No quiero exagerar. Hasta ese momento, me había subido a 6 aviones diferentes en mi vida, y en ninguno de ellos sentí miedo. Pero mientras estuve en ese barco, y no exagero, jamás había sentido un miedo a morir tan grande como el que sentí ese día.
En los primeros minutos del viaje no pasaba nada extraño. Había un grupo de personas sentadas adelante nuestro que estaban totalmente relajadas, contando chistes, burlándose y quejándose de cómo la empresa estaba manejando la situación -el típico video con las instrucciones de seguridad, en donde te dicen por ejemplo que hay chalecos salva vidas debajo de tu asiento, cuando en realidad muchos no lo tenían -, pero a medida que el barco empezó a hacer los primeros kilómetros, empezaron a aparecer las primeras olas grandes. El mar estaba picado. Y el barco empezó a sacudirse para los costados, y a inclinarse bastante.
La escena que vi fue tétrica: en un determinado momento esa misma gente que tenía adelante mío comenzó a vomitar, otros a gritar y a llorar desconsolamente por el miedo que tenían. Yo ya estaba transpirando del estrés, me sentía bastante irritado por todas las horas que tuve que tolerar esperando en la terminal, y a todo eso se había sumado un viaje en barco en donde en todo momento estaba presente la posibilidad de que el barco se diera vuelta de un sacudón.
Un asistente empieza a repartir bolsas de nylon para vomitar entre la gente, mientras se veían algunos charcos de vómitos esparciéndose sobre el piso. Me aguanté todo el viaje, pero no sé cómo hice: tenía algo adentro que me subía hasta la garganta, pero hacía fuerza hasta que bajara de vuelta al estómago.
Por suerte una vez superado lo peor, pudimos llegar al puerto de Colonia. Y me acuerdo que era tan grande el estrés, los nervios, lo molesto que estaba, que mi amigo Gonza, que no la había pasado tan mal en el viaje porque se entretuvo ayudando en la parte de atrás del barco a los demás, se acercó a mí, me tocó el hombro, seguramente buscando joderme con alguna broma o chiste, no recuerdo qué fue lo que me quiso decir para distenderse. En ese momento que el me toca el hombro, mi reacción instantánea fue girar la cabeza, mirarlo y decirle, “qué te pasa pelotudo ?”. Estaba estresado mal y exploté de esa manera. Mi amigo me queda mirando como pensando “¿ Qué le pasó a Pablo ? Creo que no se siente bien del todo …”.
En fin, después de bajar del barco, y ya en el ómnibus rumbo a Montevideo me calmé y me alivié un poco, recuerdo que incluso hasta chocamos los puños con un muchacho desconocido con el cual hicimos amistad durante la vuelta y habíamos conversado un rato mientras el barco se demoraba; el choque de puños sin mediar palabra y mirándonos con los ojos rojos y con cara de destruidos, fue para nosotros como una manera de decirnos mutuamente: estamos acá, lo logramos, nos salvamos, fue estresante aunque visto de la distancia un momento un poco cómico.
Y mi amigo Gonza entendió que reaccioné mal porque estaba desbordado por la situación, y que capaz no era el momento adecuado para hacerme una broma. Pero en el momento se sorprendió porque muy pocas veces me muestro irritable, no soy de reaccionar mal frente a las cosas, no al menos de forma tan brusca.
Desde ese momento, si alguien me preguntara si le tengo miedo a volar o no, le contestaría:
“Volar, no … me preocuparía más si me subiera a un barco.”