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Cuento

Fucking shit

"Soy una bomba de tiempo"

Ya te saqué el cuero muchas veces en este espacio personal. Escribí muchas notas que me sirvieron a modo de descarga, como quien tiene una espina clavada bien profunda, de esas que sólo pueden salir a la superficie con un alicate, y de las que se necesita tironear con una fuerza constante y tenaz hacia afuera para que finalmente puedan salir, aliviando a mi piel, liberando a mi cuerpo del dolor provocado.

Necesitaba ir sanando de a poco ese dolor, y por eso te escribí mucho y te dediqué muchas notas. Por supuesto que no es tu culpa, este es mi espacio personal, y como tal lo uso no solamente cuando siento que tengo cosas para decir que resuenen positivamente en la gente que me lee, sino que también lo uso como parte de mi sublimación de esas cosas que tengo retenidas adentro, de las cuales no me es muy fácil desprender ni soltar, y antes que andar dañando gente por ahí con mis palabras, encuentro este bendito lugar para canalizarlas.

Esta vez llegó el momento de rescatar las cosas que más me movían de vos, lo que sacó de mí ese impulso a ir más allá, a mover cielo y tierra para verte, para recorrer los kilómetros que fueran necesarios para sentir tu piel, para intercambiar tactos, para que nuestros sistemas nerviosos se apeguen y formen un choque eléctrico intenso, para sentirte una noche más, un fin de semana más, un encuentro más. Hablaré en pasado no para matarte, quiero que se entienda que la muerte no es tuya, sino de la imagen que esculpí de vos.

Tu personalidad me encantaba: hablabas con determinación, tu voz transmitía pasión, me fascinan mucho las mujeres que tienen una voz particular, como si fuese una locutora radial, pero que cada vez que lanza una frase golpea sobre el final de la oración con el timbre, con el tono, y luego hace una pausa de un par de segundos, las pausas … qué loquito me ponen las pausas. Cuando venías hablando y de pronto parabas, y ahí abrías un poco los ojos, y se te dibujaba lentamente una sonrisa de labios pegados en la cara, como diciendo “con esto lo maté”, y me re matabas, de a poquito me ibas llevando.

Tomabas de todo un poco, pero te gustaba mucho el Aperol. También eras fan de los vinos finos. En el inicio de la noche íbamos a comer típicamente a un restorán de los buenos, alta calidad, buena comida (deliciosa y satisface en el punto justo sin colmar el estómago), tragos muy bien presentados, vinos de cava. Charlas de dos horas o más en el lugar, nos podíamos quedar igual hasta la hora de cierre divagando sobre diferentes temas.

Llegando a casa (la tuya o la mía) nos disponíamos a entregarnos al disfrute completo de postre: besos profundos, recorríamos labio inferior y superior, mordidas suaves a ambos, mordidas fuertes intercaladas, danza de lenguas al compás del rojo carmesí, una lengua que insistía en enterrarse hasta tu campanilla, y de haber tenido una lengua de Dragón de Komodo me hubiese enterrado más hasta el fondo aún. Mordidas, mordidas suaves a ambos lados del cuello, mordidas que dejaron marcas (“No, hoy no: tengo fiesta mañana lo van a notar”) lo entendía sí pero después te descuidabas y te marcaba igual. Mordidas fuertes también, como quien intenta masticar un pedazo de asado con cuero sin poder cortarlo.

Recuerdo una noche en que ya me había duchado y te tocaba el turno a vos, pero tenía unas ganas enormes de comerte toda que no quería soltarte, te empecé a rozar suavemente la oreja, la zona del cuello por debajo de la oreja con mis labios.

Me decías: “Tengo que ir al baño, no me enciendas ahora.”

Seguí un par de segundos más, luego te miré y te dije con voz suave de cerca:

“¿ Y qué pasa si no te dejo ir ? ¿ Y qué pasa si no te suelto ?”

Te había visto tan sudada por el calor que me daban unas ganas imparables de iniciarlo todo ahí, de probarte toda bien sucia. Pero me aguanté por buen tipo, te pegué una buena mordida y te dejé ir a la ducha. No queríamos cosas chanchas …

¿ O sí ?

Tus piernas flexionadas, pegadas y a un costado sobre la cama, era la que más te encantaba ensayar conmigo, aprovechando tu estrechez que le añadía más placer cuando me adentraba en vos. Te definías como estrecha, aunque no te notaba tan así: recordé la vez anterior en la cual tuve un encuentro con una estrecha y de verdad que esa vez sí había sido muy difícil entrar por no decir imposible.

Me decías que la tenía muy gruesa, eso al principio me preocupaba, dado que creía que te estaba haciendo daño, a veces el desconocimiento de las perspectivas sensoriales femeninas me llevaba a pensar que no estabas pasándola del todo bien, luego me aclaraste que no, que lo disfrutabas igual, que existía un rango intermedio de sensaciones entre el placer y el dolor, que ibas y venías entre esos bordes, y que ese limbo te fascinaba, que pasparte la pielcita al otro día sólo serían para vos gajes de ese sucio oficio, y ahí me tranquilicé y seguí entregándome a tu hermosa experiencia. Seguí dándote al comprender que en realidad eso te gustaba.

El gel bañaba tu sexo y le daba un aroma y un sabor muy delicioso a frutos rojos. Te devoraba como a una frutilla madura y blanda, aunque también jugosa. El zumbido de un juguetito acompañaba la escena. Luego venía la ráfaga de cachetazos: te encantaba que fueran bien fuertes, iba aumentando mi intensidad y potencia con las manos, pero nunca nunca era suficiente mi fuerza, te encantaba que te azotara como los latigazos de un jockey a una yegua en la recta final de una carrera tratando de rebasar al que va primero.

Y hablando de turf te volvía loca que te sinchara de la cola de caballo. Relinchabas rogando para que te lo hiciera en especial cuando estábamos simulando ser dos perros a punto de quedar trancados y abotonados por la inyección de sangre.

Un jockey montando a una yegua en su recta final …

Mi mano en tu cuello, mi mano agarrada mientras te miraba fijamente, cuanto más apretaba más se formaba esa sonrisa picarezca, semicircular, sin descubrir los dientes en tu rostro, a veces acompañada de ojos entreabiertos, otras te dejabas presionar de ojos cerrados aunque siempre sonriente. Como si estar a punto de ahorcarte te provocara un estallido de orgasmos en cadena.

Desde la lejanía brindo: ya no con Aperol, ya no con tragos finos, ni con menúes de alta calidad, pero sí con un buen tinto de mesa y un guiso desde casa, y con mis recuerdos de aquellos encuentros en la memoria. Brindo por las cachetadas, por la sujeción al cuello, por las mordidas, brindo por ese pelo …

Brindo por esa voz de comunicadora exhaltada que me penetra.

Por tu culpa voy a continuar mi vida recorriendo el mundo en busca de voces así, como si tuviera la total seguridad de que todas las que hablan así cogen como vos.

Fucking shit.