La Auto Observación
Cuento
La escena estaba montada para la acción. Un cuarto bastante amplio, con un ropero cuadrado de un metro ochenta de lado a la izquierda, y una ventana grande a la derecha, la cual se encontraba levemente entreabierta. La ventana tenía un mosquitero bastante denso. Del lado de afuera de la ventana, él se colocó sentado encima de una silla, aguardando a que llegase el momento esperado.
Adentro, dos mesitas de luz de madera despintadas, cada una con una lámpara encendida encima. En el centro de la escena, una cama King Size tendida a la perfección con dos almohadones cuidadosamente acomodados a ambos lados respecto de un eje central imaginario de la misma.
La puerta se abrió. Ella entró con un tarrito de helado de frutilla entre las manos, caminando erguida como si imaginara que estuviera recorriendo la pasarela de un desfile. Llegando a la esquina de la cama, dobló hacia su izquierda, y se sentó más o menos en el borde a la mitad de la distancia de ambos extremos. Estaba vestida solamente con un conjunto rojo intenso, mismo color que su labial embetunando los labios. Se quitó enseguida lo poco que tenía, y luego levantó sus manos hasta colocarlas en frente a sus ojos para apreciarlas bien, movió los dedos para cerciorarse de que sus funciones motoras cruciales para la escena funcionaran debidamente.
El comienzo del ritual se dio con el tarrito: lo destapó y con sus dedos índice y mayor de la mano derecha levantó un poco de helado. Luego se lo llevó primero a la boca para saborear un poco y después descendió para aplicarse el resto en la zona. Aplicó el resto del helado, y luego subió los dedos de nuevo hacia la boca. Empapó el índice y el mayor, hundiéndolos hacia la cavidad, y moviendo la lengua para asegurarse que ambos estarían lo suficientemente húmedos.
No existe nada mejor que la saliva y los dedos. Nada más natural.
No plastic.
Su mano descendió de nuevo hasta la zona, decidió entonces la iniciación del ritual por la vía de ciertos movimientos circulares que la bordeaban, no atacaban el centro de una, recién estaba comenzando el proceso pensó, entonces era prudente realizar los primeros movimientos en la periferia y en forma de círculos. Los dedos fríos aunque húmedos, a medida que aplicaban el movimiento de roce, iban de a poquito elevando su temperatura producto del equilibrio térmico del contacto con las pieles, a la par que ella iba entrecerrando sus ojos, apuntándolos levemente hacia arriba:
— Te estoy observando … — Dijo él desde el otro lado con su voz masculina de timbre grave.
— Uff … qué delicia.
Mojó también los dedos de su mano izquierda, y con ellos empezó a frotar y a humedecer sus pezones.
Los dedos se iban acelerando, continuaban aún rodeando la periferia, mientras los poros de la piel comenzaban a abrirse, y los labios lentamente iban cediendo. Sus ojos ya estaban totalmente cerrados, y la cabeza apuntando hacia el techo, mientras comenzaba a ejecutar con su propia pelvis movimientos de balanceo hacia adelante y hacia atrás.
El diámetro circular imaginario trazado por el índice y el mayor de a poco se iba encogiendo.
Cada tanto se detenía a recargar otro poquito de helado de frutilla, pero retomaba sus movimientos enseguida. Los labios exteriores empezaron a desplegarse como pétalos de una flor que solamente se abre a pleno durante la noche.
Se cargó aún más de saliva, y aquellos dedos nadaban en esa capa viscosa.
— Dale, dale que te estoy mirando gatita …
— Uy sí.
Índice y mayor iban caminando de la mano como pareja enamorada directo hacia la puerta. Ahora el círculo concéntrico coqueteaba con el interior, de tanto en cuanto conectaban con el capuchón, y volvían luego hacia la puerta.
Parecía que las glándulas salivales se estaban quedando sin líquido, pero ella raspó la olla y logró mojar aún más ambos dedos. El anular vio lo que era aquel festín a la distancia, y se quiso sumar al toque.
Allá fue el trío ingresando por la puerta principal. Formaron la apariencia de un gancho apuntando hacia arriba, y se adentraron de a poquito. Los músculos aceitosos cedieron hacia los costados. Una vez entraron por completo, creyó una hermosa idea ayudarse con el pulgar sobre el capuchón, quien se sumó de rebote como quien dice que lo invitó un amigo. Su rol principal residía en apoyar la zona central sobre el mismo, también a veces haciendo un frotamiento circular mientras los dedos de garfio se divertían en el interior de la fiesta:
— Dale mamita, dale que me estoy tocando … —
Empezó la coreo y el trío apuntando hacia arriba, se movía para atrás y para adelante. La pelvis no cesó de abalanzarse, y ella ya se estaba mordiendo fuertemente la boca de ojos completamente cerrados. Raspó más la olla aún para recargar los dedos de la izquierda que jugaban con los pezones.
Le continuó una ráfaga incesante de gemidos y jadeos.
Los tres dedos en forma de garfio se empezaron a sacudir para un lado y para otro como si tratara de separar un anzuelo enganchado de la boca de un pez, las caderas perreaban encima del colchón Sommier, los gemidos tomaban cada vez más intensidad, las patas de la cama parecían elevarse un par de milímetros del suelo generando pequeños golpeteos rítmicos.
— I wanna fuck you, baby, I will go there — Decía la voz grave desde afuera.
— Ay sii, vení … uff — susurraba ella en pleno trance.
— Estoy yendo ya mismo, sólo dejame mirarte un poquito más … —
De pronto empezaron de a poco unos temblores cuyo epicentro surgía desde la entrepierna. La tentación de soltarlo todo y recostarse a la cama en posición fetal durante largo rato se sentía fuertemente, pero ella siguió en búsqueda de una finalización que lo supere aun más. Luego de varios segundos el líquido expulsado por la uretra salió disparado hacia la ventana como proyectil dirigido. Ella se recostó enseguida hacia atrás, quedando en horizontal sobre el colchón. Soltó primero un suspiro de alivio, luego una risita, y más tarde se detuvo con la mirada fija en el techo, y su mente congelada en un disfrute presente que hubiera deseado no terminara nunca. El techo se expandía y se contraía, cambiaba sus tonos de gris, se acercaba y se alejaba.
El cachete humedecido de él, sintiendo la frescura del otro lado de la ventana le brindó la inspiración necesaria para continuar jalando de sí mismo con su mano de ojos cerrados. Un chorro fue la inspiración para otro chorro, y en este caso fue uno blanco que terminó en el suelo. Millones de renacuajos sacrificados en nombre del placer.
Después de unos minutos ella se levantó de la cama y agarró el tarrito de helado. Ya estaba un poco más derretido. Hundió los tres dedos del festín para juntar una palada más, y se la llevó a la boca. Se deleitó con su dulzor y cremosidad. Limpió sus dedos con la lengua hasta sacarse de encima toda partícula posible de helado. Luego con ellos acarició un poquito los pezones.
Aún estaba volviendo en sí misma.
La voz grave se acercó una vez más para decir otras palabras:
— Cuando estés en uno de esos días, leéme de vuelta. Leéme desde el principio. Palabra por palabra.
Vos vas a jugar con tus dedos, y yo te voy a estar observando.