La Canchada
Tres baldes de pedregullo, dos de arena, uno de cemento y agua ...
Canchada.
I.1.f. (Uruguay) En la construcción, cantidad de material que se prepara en la cancha de una sola vez.
La cancha en ese contexto es el lugar en donde se produce la mezcla de cemento u hormigón.
El sol caía aquel sábado a la tarde, anunciando el inicio de un nuevo atardecer. La máquina como trompo giraba sin parar, conteniendo el material preparado y espeso del hormigón. Walter humedecía el encofrado de madera con el balde de agua, a la espera de poder rellenar el pilar que en un futuro sería uno de los sostenes de la estructura que luego conformarían una nueva habitación para la casa familiar.
Su mujer, Elena, estaba adentro de la casa ya pensando en preparar algo rico para la cena.
Juntos estaban en ese lento pero constante proceso de mejorar el hogar, de ir ganando más espacio, el espacio necesario que una familia en crecimiento pujante demandaba.
Para Walter, trabajar en un rubro tan informal como el de la construcción era una incertidumbre diaria, y en especial cuando se trataba de hacer changas en el barrio, o a lo largo de la ciudad recorriendo a pie. Sus ingresos apenas le alcanzaban para ser el sostén de la familia, mucho menos para ahorrar los pesos suficientes para comprar materiales para las reformas. Cada vez que agarraba un peso de más, lo volcaba todo al proyecto indefinido e infinito que representaba el terminar su propia casa.
Bien lo repetía Walter en sus charlas con colegas:
“Construimos palacios, pero vivimos en chozas.“
Walter era un tipo ansioso y nervioso, lo cual le otorgaba la ventaja de ser productivo y rápido para trabajar, pero por otro lado le restaba un poco de puntos su falta de paciencia, su rápida irritabilidad ante situaciones que lo bloqueaban, y que lo podían hacer estallar fácilmente cayendo en descargas de ira.
Su hijo Mateo, una de las esperanzas de futuro de la familia, con tan sólo diez años de edad, lo acompañaba como podía, tratando de alcanzarle algún balde, algún martillo, algún clavo. Aquella tardecita Walter le había pedido que intentara ayudarlo y ahí estaba, por momentos parado observándolo trabajar, otros momentos caminando por el patio con cierta inquietud. Mateo aún era un niño tranquilo, y conservaba la inocencia de su edad, en sus primeros años de vida fue bastante caprichoso, aunque con el tiempo comenzó a madurar ese comportamiento y a anestesiarse, como suele pasar en algunos casos.
En general en las obras existen como mínimo dos trabajadores: el oficial albañil, y el peón. El oficial es quien concentra el conocimiento y la experiencia a la hora de llevar a cabo el trabajo: sabe cómo colocar las hileras de ladrillos, cómo revocar, conoce la práctica de la construcción debido a sus años de experiencia, de mirar a los demás trabajar, de preguntar, de tener la suficiente curiosidad y ganas de meter mano y aprender para poder desarrollar una tarea que le permita ganarse el pan. El peón, por su parte, funciona como auxiliar para el oficial en aquellas tareas que le minimicen su esfuerzo y le hagan ganar en productividad.
El peón ideal no solamente ayuda al oficial a alcanzarle los materiales y las herramientas, también funciona de alguna forma como una suerte de segundo cerebro para el oficial: cuando observa que él se está quedando sin mezcla en el balde, el peón ya sabe que su próximo movimiento será ir a buscar más para que el oficial pueda continuar colocando la mezcla sobre la hilada de ladrillos. Si el oficial termina de colocar los ladrillos que tiene a su lado, el peón ya debe tener preparados otros cuatro o cinco ladrillos húmedos más para llevárselos al oficial. Si la canchada se queda sin mezcla, el peón ya tiene que ir pensando en preparar una nueva canchada de material. El peón -y aunque pueda sonar un poco a una metáfora ajedrecística- está pensando en dar siempre un movimiento más hacia adelante para darle ese empujón al oficial para así ganar en agilidad y tal vez finalizar más rápido, para que el avance del trabajo no se estanque.
Sin embargo aquel Mateo de diez años de edad estaría muy lejos de aprehender ese concepto en su mente. Si bien podía alcanzar herramientas o algún balde liviano, aún tenía camino por recorrer para verse en posición de poder cumplir con ese estándar.
Cuando el atardecer le estaba empezando a dar paso al crepúsculo anaranjado intenso de aquél sábado primaveral, Walter empezó a sentirse un poco impaciente: estaba luchando con un alambre que no terminaba de ligarse por completo a uno de los estribos que abrazaba a una varilla de hierro. Se sentía un poco tonto a esa altura de la tardecita, no entendía cómo era posible que su cansancio se apoderara tanto de él a tal punto de no ser capaz de realizar una acción de atadura tan sencilla como esa en un día normal. Giró sobre sí mismo en busca de una pinza, no la veía a simple vista, vio a Mateo jugando con un balde y una cuchara, vio a la canchada con la máquina hormigonera rodando a todo trapo, pero no veía por ninguna parte aquella herramienta, entonces se dispuso frustrado a caminar por todo el patio para buscarla. Quería terminar lo antes posible, llenar ese último pilar que le faltaba, para pegarse una buena ducha y después sentarse en el sillón a mirar una película en la tele y no querer saber más del tema hasta el domingo a la mañana.
Después de refunfuñar varias veces terminó encontrando una pinza en el rincón más perdido e inaccesible del galpón en el fondo de la casa. La agarró con agresividad, y caminando rápidamente hacia el frente como si tuviese una visión de túnel que poco le importaba fijarse en todo lo demás que le rodeaba, se ubicó en el pilar para poder al fin ligar por completo aquel maldecido estribo en su esquina contra la varilla vertical de hierro.
Cuando terminó de atar, un Walter totalmente despojado de su propio centro, y maldiciendo con insultos se dio la vuelta y se dirigió hacia el interior de la casa caminando rápidamente con un rostro cargado de enojo y de decepción, mientras Mateo presenciaba la reacción de su padre con suma atención:
“Pero la re putísima madre que te re mil parió será posible …“ - Maldecía y cada sílaba la entonaba como reafirmando su nivel de enojo por ese descontrol que lo tenía tomado totalmente.
Entró a la casa por la puerta principal y se encontró con Elena, quien ya sintiéndose preocupada por la reacción repentina había ido a su encuentro:
“¿ Qué pasó, Papá ?” - Preguntó Elena.
“Pasa que mi hijo es un inútil” - Gritó en seco Walter, como en una descarga de algo que tenía guardado muy adentro y no lo podía expulsar.
El pequeño Mateo, agachado jugando con una cuchara de albañil, con un balde y un fretacho, mientras se imaginaba quién sabe qué historia de dibujos animados, escuchó por completo la conversación de sus padres en el patio, del lado de afuera.
Se levantó y le dio por mirar hacia el frente: era la canchada. La máquina por algún motivo extraño había dejado de girar como un trompo, aun con el hormigón adentro.
Se había cortado la luz en toda la casa.