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Reflexión

La fatiga del permisivo

“Ninguna buena acción queda sin castigo” - Oscar Wilde.

¿ Qué pasa cuando de pronto, el tipo que siempre te ayudaba con los deberes o con los escritos de la secundaria, decide un día de la nada hacerse el malo contigo ? Seguro reaccionarías mal, no ? O al menos no entenderías por qué lo hizo.

En la época del liceo siempre fui un estudiante aplicado. Para los demás era considerado como uno del grupo de los bochos. Cuando digo bochos me refiero a estudiosos, o que suelen tener buenas calificaciones. De hecho mi generación era de las que más bochos tenía, y la mayoría de ellos eran bastante exigentes consigo mismos, incluso me acuerdo que teníamos a una compañera que llegó a llorar en pleno salón de clases porque no pudo sacarse 12 en un parcial. Ejemplo de cómo la excelencia te priva de disfrutar de una buena nota, sin contar la serie de presiones y exigencias que esa pobre muchacha podría arrastrar desde su casa.

Sin embargo yo no era de los que se exigían al máximo: simplemente era estudioso, y muchas materias se me daban con facilidad, aunque me conformaba solamente con sacar una nota por arriba de lo aceptable, con eso ya me quedaba contento.

También ayudaba mucho al resto de mis compañeros: en los recreos me acuerdo que me pedían ayuda con los deberes, me preguntaban cuando tenían dudas sobre algún tema particular de alguna materia, y yo respondía siempre siendo servicial.

Pero por alguna razón un día hice un muy mal uso de esa especie de poder servicial que tenía.

Uno de mis compañeros, llamémosle Pedro para no quemar públicamente, empezó a ponerse un poco pesadito conmigo: me pedía ayuda todos los días, quería que le hiciera los deberes, y que le explicara los temas que no entendía para prepararse para el próximo escrito. Al principio seguía ayudándolo como lo venía haciendo con todos los compañeros con los que me relacionaba, pero a partir de un momento dado algunos pensamientos fueron invadiendo mi mente de a poco:

“Este tipo se está aprovechando de mi bondad”

“No estudia, no pone empeño”

“Se descansa en mí para que le resuelva todos los problemas”

“Quiere que le de la respuesta a todas las preguntas”

Y era cierto, me di cuenta de que él no estaba haciendo absolutamente nada, y que acudía a mí como su salvador que lo ayudaría a sacar una nota alta en la próxima prueba. Sin embargo, si bien estaba teniendo registro de lo que sucedía, no había tomado ninguna decisión sobre qué hacer con eso que sentía que estaba pasando.

Luego llegó el día clave, el día de la bendita prueba. Como el profesor nos controlaba muy poco ya que no tenía más que sus dos ojos y su disposición para responder dudas las cuales por momentos le distraían del foco de controlar a los demás en el salón, teníamos bastante respiro como para copiarnos las respuestas entre nosotros, y Pedro se sentó estratégicamente a mi derecha para tenerme cerca, poder preguntarme todo lo que necesitaba, y que yo le pasara las respuestas.

Se preguntarán qué hice yo.

Que alguien dependa absolutamente de tus conocimientos para tener éxito en una prueba parecería que es algo que te da un poder que resulta ser un arma de doble filo: si le daba todas las respuestas que iba a responder, él se iba a sacar una muy buena nota, porque yo había estudiado, con el potencial riesgo de que el profesor se diera cuenta de que hay dos pruebas exactamente idénticas en sus respuestas.

Pero, si le daba respuestas incorrectas, él podría sacarse una muy mala nota, dado que no había estudiado absolutamente nada y necesitaba de mis conocimientos para apostar a sacarse una buena calificación, confiando en mi apoyo para eso.

En los primeros minutos de la prueba empecé soplándole respuestas correctas, pero luego de un tiempo, digámoslo así aunque suene un poco fuerte, el diablo en mí se despertó, y empecé a soplarle las respuestas cambiadas, a intercalar correctas con incorrectas. Por supuesto que él en el momento no se dio cuenta.

A la semana siguiente, y cuando el profesor empezó a repartir los resultados de los escritos entre los compañeros, fue cuando Pedro cayó en la cuenta de lo que le había hecho: yo había sacado 10, él se había sacado un 5.

Me acuerdo que por varios días no me habló, y cuando volvimos a cruzar palabras sobre el tema, él me dijo enojado:

“No entiendo por qué no me ayudaste ese día, saqué nota baja por tu culpa”

a lo que le contesté:

“Sacaste 5, Pedro. Si no te hubiera soplado nada ese día, te hubieses sacado 1, estabas en la lona”

Pasaron algunos días de enojo, y luego volvimos a tratarnos con normalidad, aunque ya no era tan demandante conmigo como lo era antes de la prueba.

Años más tarde, y mirando las cosas en retrospectiva, no me gustó la respuesta que le di. Hay mejores maneras de resolver ese tipo de situaciones, pude haberle dicho que no lo iba a ayudar en el día de la prueba porque me parecía que estaba mal, y me hubiera ahorrado el generar un enojo en él, después de todo siempre tuvimos una buena relación como compañeros.

Pero en aquel momento sentí que soplarle todas las respuestas correctas sería algo injusto, ya que él sin esfuerzo hubiese accedido a una nota alta sin haber estudiado, incluso sería algo injusto para el resto de los compañeros: le estás dando una ventaja a una persona en particular que no se esforzó en lo más mínimo.

Sentí un poco de culpa por haber fallado en mi calidad de compañero. Si hay un aprendizaje que me llevo de todo esto, es que es preferible poner el límite desde el principio, antes que ceder y jugar a ser el tipo mala leche que le juega en contra durante la prueba. Una especie de mecanismo pasivo-agresivo al que hubiese preferido no llegar.

Sin embargo, ambos nos volvimos a encontrar diez años después en un baile en Sauce. Nos abrazamos con cariño, hablamos de lo lindo que eran aquellos tiempos con nostalgia, recordamos algunas anécdotas cómicas, y me acordé de pasada de aquél día que actué mal con él. Se lo dije, le dije que estuve mal, y que le pedía disculpas, porque en aquel momento creía que hacer eso era lo correcto, pero que en realidad tendría que haberle dicho que no cuando él me pidió que lo ayudara durante el escrito.

Él me contestó que no había nada de lo que disculparse. Que al contrario, se lo tomó como una enseñanza, que si bien se había enojado en su momento, había entendido después mi decisión, que era entendible lo que hice si él lo pensaba y se ponía en mis zapatos.

Es un pequeño recuerdo de la adolescencia en donde siento culpa por haber abandonado por un rato mi esencia, para intentar darle una enseñanza a alguien, aunque no haya sido la manera más sana de afrontar las cosas.

Si alguien me preguntara por qué los buenos son los peores (si jugáramos a suponer que eso fuese una “verdad consensuada” por un ratito), diría que la respuesta está en cómo actúan cuando se hartan de serlo.