La Mirada al Alma
Dos miradas, un mismo hecho.
1
Me encontré en un momento de mi vida con una mujer única, que me miró de una forma que no supe nombrar, pero que nunca antes había visto.
Ninguna otra mirada —ni siquiera las que creí conocer— me había llegado tan a fondo.
Al mismo tiempo, me atraviesan las ganas de volver a cruzármela, para ver si me volverá a mirar de esa manera, a mirarme como quien le dice con sus ojos a otra persona:
“quiero entrar a tu alma”.
“quiero mirarte todo entero de pies a cabeza”.
“quiero observar con mis ojos hasta el último de todos los átomos que te componen”.
El pensamiento intrusivo me invadió fuertemente hoy. A veces como buen caprichoso, me levanto por la mañana con una frase que empieza con “quiero”.
Quiero encontrarla otra vez para saber si volvería a mirarme como ya lo ha hecho, o si en realidad esa mirada sólo tuvo un par de momentos. Porque así como un griego dijo hace añares que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, tal vez tampoco pueda cruzarme otra vez con ella y volver a sentirla.
Capaz que es un ómnibus que ya pasó varias veces y lo perdí, pero quiero ir a esa parada de vuelta para ver si pasa una vez más.
La conocí por Facebook: en aquel entonces éramos alumnos desconocidos que compartían una misma asignatura de la carrera. No recuerdo bien cómo comenzamos a charlar, pero ella tenía una duda sobre cómo resolver un ejercicio, y yo me ofrecí para ayudarla. Estuvimos un par de horas chateando, recuerdo haber intentado ayudarla de muchas maneras, pero en ninguna de ellas lograba llegar a un resultado correcto con el ejercicio que estábamos trabajando.
Mi única intención era ayudar, aprovechando que estaba aburrido en casa, y que el tema con el cual ella estaba peleando era algo en lo que sentía que podía apoyar.
Pero una frase de ella me quedó marcada. Cuando terminamos de hablar, me agradeció por el gesto de ayudarla y por acompañarla en ese momento en que se sentía estancada:
“Tenés el cielo ganado”
Nunca alguien me había agradecido de una forma tan divina.
Pasó un tiempo, quizá unas semanas. Me la empecé a cruzar dos por tres en el salón de las clases de teórico, según recuerdo llegamos a cruzarnos a la distancia, saludos tímidos desde un extremo al otro de una sala, reconociéndonos como personas físicas más allá de la virtualidad, pero no más que eso. Me queda siempre grabado en la retina sus ojos fijos, firmes, como si un francotirador pusiera la mira en los míos y siguiera mis pasos con cuidado, siempre apuntándome.
Los suyos abiertos de par en par, no los quitaba de encima mío durante varios segundos, más de lo que un mortal tierno de carne y hueso puede aguantar en un intercambio, pero menos de lo que podría sostener una psicópata.
Algo que intimida, pero que al mismo tiempo invita a la curiosidad, y el embobado que no se animaba a curiosear capaz que era yo.
Pasaron muchos años después de esos cruces en donde no sucedió nada, hasta que una noche, en medio de una fiesta de recibimiento de un compañero de trabajo, ella volvió a aparecer. Ella y los ojos negros clavados en mí. Mucha gente bailando entre medio de los dos a varios metros de distancia de separación, pero en el fondo de la escena estaba ella, estaban sus pupilas, esas que proyectaban un rayo recto transparente e imaginario que conectaban con las mías como si no hubiera gente estorbando la trayectoria. La señal de conexión era clara.
“Me voy a acercar” - pensé.
De a poco fui pidiendo permiso, despejando suavemente con mis movimientos de antebrazo aquel tumulto de jóvenes que bailaban sueltos en rueda y a puro ritmo de la música, para poder llegar hasta su encuentro. De pronto nos encontramos de frente, a una distancia suficiente como para poder hablar, yo no sabía qué decir realmente, iba a ser la primera vez que charlaba en persona con alguien a quien no conocía, y con quien solamente tuvimos la posibilidad de coincidir en un chat para discutir sobre cómo resolver los entresijos de un ejercicio de simulacro de parcial.
Nos contamos cómo le estaba yendo el uno al otro, si nos recibimos o no, fue una conversación un tanto vacía de contenido o torpe. Pero a la vez sentí algo, había una pureza en ella, una energía de mujer con luz que se notó en su simpatía, en su voz dulce.
No quise continuar hablando: vi que estaba con otro grupo de amigos y eso me frenó un poco, también cabe aclarar que en ese momento yo no estaba disponible para ir más allá. Pero saben qué si hay algo que me sobraba mucho eran ganas. Ganas de saber más de ella, ganas de que no se termine nunca ese momento, de que no nos despidamos, tenía ganas de agarrar el reloj y romperlo, y que con ese gesto iluso pretender que el Universo se enterara de que no existe más el tiempo.
Entonces nos fuimos despidiendo de a poco, como quien se va yendo pero sin dejar de observar a la persona que deja detrás, y cada uno volvió a su grupo de amigos para seguir disfrutando de la fiesta.
Hoy, varios años más tarde, de pronto volví a pensar en ella, en cómo me miró. Como si fuese el único hombre en la Tierra, como si al hacerlo tuviera acceso al último rincón de mi ser.
Tengo un nombre y un apellido guardados en mi memoria, y ese es el peor dato que un obsesivo puede tener, sinceramente me haría bien no tener ninguna información, nada de qué aferrarme, desearía haberme olvidado por completo de su nombre y que todo esto se quedara estancado en un relato reconstruido y enriquecido por mí a través de la evocación de recuerdos alterados por el tiempo y por mi deseo.
Pero lo tengo. Y no sé si es una esperanza o una condena. Tampoco sé si el recuerdo en sí mismo es una señal del destino.
Sólo me encantaría volver a saber de ella, volver a verla.
Y más me encantaría saber si esa mirada, la de la mira telescópica, la que me apuntó implacable, todavía existe. O si por el contrario, se fue para nunca más volver.
2
Es difícil explicar el cómo, pero siempre supe que cederías ante mi propuesta. Es como ese animal salvaje, cuando olfatea a su presa y ya conoce su posición exacta, sabe que puede atacar, intuye cuándo y cómo lo va a hacer. Entiende que sus chances de atraparla son altísimas. En ese sentido, eras tan sólo un pobre ciervo caminando por el campo. Un ciervo al que le gusta mirar pero más aún disfruta de que lo miren fijamente. Recuerdo aquella noche mandando comentarios por Facebook en el grupo de estudiantes de la facultad. En un momento me topé con tu usuario, y esa foto de perfil disparó en mí sensaciones fuertes: para serte sincera, siempre me encantó coquetear con ese perfil de hombres, pero mi coqueteo es un poco apartado de lo que se consideraría como un coqueteo tradicional: mis métodos son más precisos, más calculados. Soy como una líder de un ejército que diseña el plan con cierta antelación antes de ejecutarlo. Abre el mapa, traza los caminos, piensa en las líneas de abastecimiento para sus tropas, y luego (y sólo luego) ejecuta el plan.
Y ahí pude verte: pude ver esa foto tuya. El rostro de un hombre para mí es la puerta de entrada que me guía en mi decisión. Sabía con total certeza que, con esa cara de tierno, y de servicial, me serías funcional a los intereses de ese plan que tanto pergeñaba. El paso inicial consistía en la típica táctica que hacen muchas personas cuando quieren captar a alguien: fingir desconocimiento. Explotando el hecho de que se venía un parcial importantísimo para ambos (y te busqué en el acta para asegurarme de que también lo ibas a tener) tomé la iniciativa de escribirte, para preguntarte y pedirte orientación sobre cómo resolver un ejercicio. No quería resolverlo, (de hecho estaba estudiando otros temas), pero me quise tomar un tiempo para ver si mordías el anzuelo. Y bien que lo hiciste. Los tipos como vos lo hacen, huelen la necesidad de ayuda a kilómetros de distancia. Es como si necesitaran ser necesitados en algo. Lo que no sabías era que a partir de ese momento ibas a ser sometido a un juego del cual serías el esclavo. ¿ Pensabas que por ayudarme ibas a tener la sartén por el mango en todo esto ? No, así no siempre funcionan las cosas. Te ibas a empezar a intimidar por mi presencia, y la envolvente no demoraría mucho en tener sus efectos. Pero según lo diagramado, las cosas se iban a ir encauzando de a poco, porque el ritmo en este tipo de ejecuciones es importantísimo: si lo haces muy rápido lo vas a espantar, si demoras demasiado, el otro prácticamente no lo notará. El arte y la estructura está en encontrar ese punto de equilibrio en la toma de decisiones para poder obtener un sometimiento certero. Estuviste como dos horas intentando ayudarme, y me encantó: fue como tener a un asistente al cual hacerle preguntas mientras resolvía las cosas. Aunque yo no aflojaba, mi rol de aparentar no saber o de estar bloqueada por el ejercicio en cuestión era importantísimo para seguir consumiendo tu atención. Entonces cuando ví que no podías con el desafío, que te trancaste igual, porque era uno de los más difíciles, ahí fue cuando decidí ponerle fin a nuestra interacción por chat y agradecerte, pero el mensaje de agradecimiento no podía ser cualquiera, necesitaba llegar a tus vísceras, a ese costado más sentimental que es lo que más te mueve. Lo que más te hace seguir corriendo hacia adelante como un caballo con anteojeras a los costados. Y la dirección a la que te movías estaba marcada por mí, tal como lo intuía. Para cerrar esa noche te mandé lo siguiente:
“Muchas gracias, Jorge ! No sé cómo agradecerte.
Tenés el cielo ganado.”
La última frase era clave, sin ella quizás no se conseguiría el efecto imán deseado. No había una frase mejor que esa para llegarte a lo más hondo. En las semanas posteriores me limité a interacciones mínimas: sabía que asistías a los teóricos, que llegabas casi siempre bastante puntual, que te sentabas por lo general en el sector central del salón, y a veces más hacia el fondo. Yo trataba de hacerlo a lo lejos, hacia adelante, una distancia suficiente para que no haya posibilidad de hablarnos. Porque el juego que a mi me interesaba tenía mucho que ver con lo que a los hombres de tu perfil le mueven el piso: la mirada. Desde lejos en un salón de clases no se puede hablar, pero sí se puede mirar. Una mirada fija y constante, con la cantidad de segundos de sostén adecuada, puede captar la atención y curiosidad de cualquier ser humano. Si además de eso le agregamos el condimento de aquella noche que sólo nosotros sabemos que existió, en donde te pedí ayuda y asististe, sostuviste (ahora que lo pienso, qué contradictorio decir que sostuviste cuando en realidad estabas siempre a mi merced) con tu compañía y sugerencias para encauzarme en la solución de ese ejercicio, todo ese combo era un cóctel perfecto para que la estrategia siguiera su curso de manera natural. Para que el pez mordiera el anzuelo, y se viera arrastrado por el estirón del pescador indefinidamente. Entonces te miraba, te miraba al llegar al salón si es que ya estabas, te miraba si por el contrario yo llegaba antes, en ese momento en el que entrabas por la puerta y te ibas para el fondo a sentarte, mis ojos te seguían por todo el trayecto. A veces conectabas y otras no tanto. Pero cuando conectabas pude notar en tu rostro cómo te llegaba esa conexión fuerte: tu andar se volvía más nervioso o torpe, después de unos segundos desviabas un poco la mirada y después volvías para chequear, y cuando volvías re-conectabas conmigo, porque yo sostenía la mirada siempre. Esto es algo importante de notar, porque a lo largo del día conectamos visualmente con los ojos de muchas personas, pero esas conexiones son sostenidas apenas por un par de segundos. Sostener para prolongar ese tiempo de conexión es lo que con seguridad produce sensaciones en el otro.
Qué intensas que fueron esas semanas. Aunque después me aburrí, porque en realidad no me gustabas, solo estaba jugando, experimentando y poniendo a prueba mis capacidades para controlar. Porque el control no siempre pasa por el físico, también existe el sometimiento mental, ese juego en el que atraemos a alguien y lo mantenemos ahí, en un plano en el que sentimos que podemos seguir actuando, y que esas acciones generan consecuencias en la otra persona. Es un terreno que siempre me apasionó, y en mis diferentes encuentros exploro esta y muchas otras técnicas que suelen tener resultados sorprendentes.
Después de esas semanas no volvimos a vernos por mucho tiempo, y tampoco te busqué, nuestras interacciones por chat se diluyeron con el tiempo, en el fondo siempre fuimos dos compañeros de asignatura, y más allá de este juego dejé de escribirte pero tampoco te acercaste mucho. Eso de todas formas no me importaba, puesto que ya me había divertido.
Aunque el destino quiso que varios años más tarde nos encontráramos una noche en una fiesta. La ciudad es un pañuelo, me dije a mí misma, y me propuse retomar con aquella conexión de miradas, volver a experimentar con eso, me interesaba en principio investigar si luego de un tiempo los efectos podían seguir funcionando, o si por el contrario no me reconocerías, o tal vez me ignorarías deliberadamente y seguirías con los tuyos bailando. Y así lo hice: te ubiqué en la pista, te clavé mis pupilas y las sostuve, no te perdí de vista por mucho tiempo. Comprobé entonces que volvías a reconectar: me reconociste entre la multitud, te acordaste de mí, probablemente te acordaste de aquella interacción por chat, y seguramente vino a tus emociones ese intercambio de miradas sostenidas en el aula que te sacudieron. Te tenía ahí, una noche más. Y mordiste. Es curioso notar cómo funciona tan bien todo esto. Después de mucho rato esa resistencia cedió, y te acercaste a mí. Es sorprendente ver qué tan poderoso fue mi plan, a tal punto de lograr un acercamiento. Recuerdo que te noté muy nervioso conmigo, claramente algo te recorría por dentro y no lo podías gobernar del todo, en cambio siempre me mantuve a raya con lo pactado conmigo misma: limitarme a una conversación plana, no sugerir nada más, encasillar la charla en una simple charla de dos ex compañeros de facultad. Después de todo mi objetivo siempre fue mantener una suerte de influencia en el otro, pero con distancia para repeler todo posible acercamiento.
Pobre Jorge. No sé qué te habrá conmovido. Mi relato está un poco invadido por mis conocimientos sobre la técnica y también por mi subjetividad y mis suposiciones. Pero si hay algo que sé, es que todas las veces que estuvimos en contacto, estuve al volante siempre de la interacción, y te movías en consecuencia. Y todo ocurrió sin que te dieras cuenta, a diferencia de los otros con quienes practico esto con más asiduidad.
Sea donde sea que estés ahora, si en algún momento del día pasa por tu mente volver a vivir esto, y lo llegás a leer, quiero que sepas que he decidido que no volverá a pasar. No volverás a morder, simplemente porque ya no voy a poner ningún anzuelo.