Liberen a Wally
El encuentro como acertijo
En la base del Cerro un cúmulo de personas se había aglomerado en un ritual que acontece todos los años en ese lugar. Centenares de atletas habían terminado de competir en un domingo por la mañana soleado y fresco.
Como suele pasar en los grupos numerosos de personas, la vista se satura de mucha información: muchos rostros, ojos, colores de cabello, accesorios, números diferentes adheridos a sus pechos, remeras de diferentes colores. Conversaciones paralelas y dispares sucediendo al unísono, si nos concentramos en una sola, el resto se vuelve ruido, de lo contrario, todo es ruido. Un ruido de charlas. Todos los estímulos juntos, todo llena el cerebro de inputs, paraliza y congela a la vez.
Él se encontraba en una situación bastante particular. Varias veces había tenido que buscar a alguien entre una multitud, pero esa ocasión era muy especial: tenía que encontrarla a ella. Habían estado conversando a distancia durante mucho tiempo, hasta que al fin acordaron un encuentro, pero no iba a ser uno como cualquier otro. Hubo muchas idas y vueltas acerca de las condiciones, muchas subidas y bajadas de cuesta entre los dos, dado que ambos habían pedido varias cosas para que todo fuera viable: por ejemplo él había pedido acotar la cantidad de días a una semana, ella a su vez que el encuentro tenía que suceder por la vía de una búsqueda entre la gente. Buscarse para encontrarse, simular la evitación de un encuentro preciso. Agregarle una capa más de dificultad al desafío.
Ella se sentía un tanto perdida, había recorrido cientos de kilómetros, múltiples medios de transporte diferentes para venir a verlo. Todas las caras le parecían iguales, sólo tenía en su cabeza una sonrisa simétrica y geométricamente alineada con el resto de los elementos de la cara, un cuello cuya forma le encantaba mucho, y un número de corredor: el 484. Porque él se lo había facilitado mediante mensaje directo días antes, y no se iba a equivocar de número, ella sabía muy bien cómo era él aun sin conocerlo, jamás sería capaz de enviar un mensaje con un número equivocado, con un error de tipeo en un número, no se iba a permitir jamás cometer semejante error garrafal sin antes enviar un segundo mensaje de corrección en caso de un fallo.
¿ Y qué pasaría si no se encontraban al final ? Pensaba ella mientras los atravesaba a todos pidiendo permiso con sus brazos, mirando para un lado y para el otro. ¿ Se habrá escondido atrás de una parra el boludo ? Se sentía como con aquellos libros de Buscando a Wally, en donde el lector tiene que prestar especial atención a todos los detalles de una imagen inmerso entre una dispersión densa e interminable de gente, animales, niños, objetos, elementos de un paisaje, para poder encontrar al pobre Wally que andaría escondido en algún grupo de píxeles de la página con un camuflaje digno de cualquier acertijo tramposo de ilusión óptica.
Perdida y al mismo tiempo encerrada, porque las masas aprisionan y encierran, la dejan como inmóvil entre barrotes que luego se ve obligada a limar infinitamente hasta poder abandonar esa muchedumbre, o que la gente se retire y de pronto ella experimentase por fin el alivio de la soledad con todo despejado a su alrededor. Porque necesitaba también encontrarse para liberarse, porque sentía que no encontrarse con él era sentirse encasillada, limitada, sí, me quiere pero me quiere ahí, adentro de esos límites, me quiere pero achicadita, porque con la búsqueda parte de su necesidad era provocar algo que pareciera fortuito, en aquello que daba la impresión de haberse generado en forma espontánea y como por arte de magia.
De pronto de tanto caminar los ojos quedaron fijos en una persona: silueta masculina, estatura media, vio una sonrisa de medialuna dibujándose en su rostro, vio también el mismo cuello, ese cuello que a veces se encorva naturalmente, ese cuello que necesita corrección de postura urgente. De la cara no detectó más, pero cuando descendió la vista un poco pudo divisar aquel número: 484.
Sintió los nervios previos, la adrenalida y la emoción.
Él vio a una mujer de cabello enrulado, de baja estatura aunque pechos prominentes. Los pechos que alguien de su tipo desearía sentir y tocar. Era prácticamente seguro que se trataba de Wally, así que sonrió lo más que pudo y la miró fijamente aunque mejor funcionase la sonrisa:
— Wally ! — Gritó él.
— Sí, me encontraste ! — Gritó ella luego de asegurarse que gritara él primero.
Se acercaron más con alegría, y ella hizo un gesto de saludarlo con beso en la mejilla:
— No, Wally. La mejilla no. No te frenes conmigo. — Respondió al tiempo que la tomó con ambas manos a los lados de su cuello, y le comió la boca de frente y en vertical, chocaron narices como con torpeza pero a propósito, sacudiendo sus labios con los suyos como si de un beso desesperado por mucho tiempo se tratase.
Cuando él le dio respiro ella preguntó:
— ¿Qué hacemos ahora ? —
— Vamos a casa. Tengo un lugar para que te sientas cómoda, hice lo que me habías pedido. Ya compré las cosas para comer y tomar algo. — Dijo como si se lo hubiese aprendido de memoria prescindiendo de machetes. Luego de unos segundos, tomó aire y siguió:
— ¿ Cómo te sentís ahora ? —
Ella empezó a sonreír de a poco más relajada, toda la gente parecía haberse difuminado por completo alrededor de ellos:
— Libre. Me siento más libre. —
Vamos !