Pensar en alguien más
Ciudar a un amigo de cuatro patas

El de la foto es mi nuevo compañero de vida. Se llama Simba, nació el 21 de setiembre de 2025 (todavía Virgo). Es hijo de África, una perra de raza cruzada entre pastor alemán y “inserte raza desconocida aquí“, mientras que el padre no lo llegué a ver, pero me dijeron que era pequeño y que era un topo, porque escarbaba en la linda con el vecino para poder escaparse y encontrarse con África. Muy pillo él.
De ese romance nacieron aparte cinco hermanos más, de los cuales dos se los quedó mi madrina junto con África en su casa. Cada vez que la visito algún detalle de esos niños me hace acordar a él.
Me acuerdo del día que lo pasé a buscar, era una cosita así chiquita metida arriba de un trapo y adentro de una caja de cartón. Me lloró todo el viaje en auto. Y el día después cometí un error: lo quise llevar conmigo para no dejarlo solo, pero le había dado de comer un rato antes, y con los movimientos del coche, empezó a sentirse mal. Mientras manejaba, se escapó de la caja, trepó al asiento del acompañante y lo vomitó. Todas las pastillas lanzadas encima del asiento. Desde aquel entonces cada vez que lo subo al auto se pone malísimo, no quiere nada con él. Me va a costar acostumbrarlo a eso, aunque por lo pronto tomo nota de no alimentarlo antes.
Adoptar a Simba fue un cambio para mí: significó el pasar de estar completamente solo, a de pronto tener la compañía de un ser que necesita sus cuidados y su atención para poder sobrevivir, y mantenerlo a salvo. Situaciones que antes no eran una preocupación pasaron a serlo, tareas nuevas tomaron protagonismo en la casa, como ser algunas reformas necesarias para que no se escape.
Mi gestión del tiempo también cambió, porque ahora tengo que por lo menos sacarlo a pasear una hora por día, y jugar activamente con él quizá un par de horas más. Darle cariño, intentar ponerle límites que como cachorro es algo que me está costando mucho con él en estos momentos pero sé que va a madurar con el tiempo. Nunca grité tantas veces NO en un mismo día, nunca me pasó de gritar NO y que no entiendan el NO, y seguir gritando NO hasta que el mensaje permea a la fuerza.
De alguna forma el inconsciente se regocija de todo esto: tiene lo que siempre quiso, alguien que necesite de él.
Alimentarlo, ir y llevarlo a la veterinaria. Me acuerdo que una vez se lesionó la patita derecha delantera corriendo solo, lo llevé enseguida para que lo revisen, y le dieron medicamentos, aunque al final no fue nada grave y solo significó tres o cuatro días de recuperación. Fue tiernamente cómico porque tenía rachas en donde se recuperaba y quería volver a correr, pero en las primeras zancadas se volvía a resentir en la patita.
Pobrecito, ser cachorro le hace querer moverse y gastar sus energías, pero no ser consciente de que tenía que recuperarse y tratar de hacer reposo le jugaba una mala pasada.
Los momentos donde más tristeza me da es cuando tengo que dejarlo por unas horas en casa. Tengo mis actividades, hacer los mandados, salir a entrenar, visitar a mis padres o amigos que están lejos, y llevarlo en esas circunstancias no sería práctico.
Cuando eso pasa, los minutos previos él lo nota, sabe que me estoy cambiando de ropa. Sabe que lo estoy por abandonar, que se está quedando solo. Él no lo va a entender nunca, ya que soy su seguridad, soy lo único que tiene, y el hecho de que me vaya lo debe partir al medio por completo siempre. Me lo imagino no puedo estar dentro suyo, solo veo las cosas desde mi lugar.
Cuando me voy me ladra a modo de queja. Cuando vuelvo la fiesta es infinita. Cuando recién llego, y tengo que encerrarme en el baño para cambiarme, vuelve la tristeza, y parece que lloriquea como si le hubiese clavado un puñal.
Esperá, Simba, sólo me voy a cambiar …
Él no entiende, él sólo entiende que me estoy separando de él. Aunque sea por un cambio de ropa de cinco minutos.
Muchas cosas cambiaron desde que llegó, pero hay algo que no cambiará nunca: yo siempre lo voy a querer, y él siempre me querrá.
Haré todo lo posible para cuidarlo, caminar con él, jugar a la pelota de goma que rebota en el piso, toma altura, y él salta en el aire y la atrapa ágil con su boca, a veces la tira afuera y tengo que salir a la calle a buscarla, tironear de la cuerda, de un trapo de piso. Retarlo cada vez que me muerde las canillas, retarlo cuando me quiere morder las manos, pasear por la costanera descubriendo olores, perros y gente nueva. Es buenísimo, le encanta conocer y jugar con otros perros, y le mueve la cola a todo el mundo para que lo acaricien.
Digo que sos mi hijo porque te tengo que cuidar, pero en realidad sos mucho más que eso.
Y por eso te quiero mucho.
Algo me dice que vamos a tener muchas anécdotas para compartir.
