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Cuento

Podemos seguir chistando

Cuento

La noche que murió el cimarrón fue digna de un verdadero velorio: llovió toda la madrugada, y la agonía de aquel pobre canino se escuchaba desde el patio.

Mientras un ser vivo se iba de este mundo, otro estaba padeciendo en su propio cuarto. No había podido conciliar el sueño, y sabía muy bien por qué. Su plan anterior había fracasado a pesar de haber funcionado bien por varias noches.

¿ Qué voy a hacer ahora ? ¿ Cuál será mi próximo contra-ataque ? ¿ Cuál será mi próximo movimiento ?

Todo comenzó cuando se había acostumbrado durante un tiempo a observar a su vecina a través de una ventana. La misma daba contra el patio, y cuando ella salía con su sillita a leer, él buscaba el momento justo en que ella estuviera concentrada en su lectura para observarla. Otras veces se asomaba al patio para tender la ropa. Tenía un hermoso culo por Dios … bien redondito y macizo, y le inspiraba muchas cosas, lo llevaba a masturbarse en forma descontrolada y repetitiva, a veces con un almohadón de ayuda, otras con una frazada, cuando no la pelaba y se la jalaba con la mano, teniendo abundante papel cerca para limpiarse cuando saliera el disparo. Se había convertido en una musa sexual.

A veces durante el día, cuando veía que ella salía de la casa a hacer las compras, él seguía sus movimientos desde adentro de la casa, partiendo desde aquella ventana de su cuarto, luego saliendo hacia la ventana del comedor que da para el frente, después la seguía a través de la ventana del living, hasta que al final la perdía de vista allá, detrás de un árbol en el medio de la calle. El comportamiento se había vuelto ya una compulsión obsesiva.

En alguno de todos esos avistamientos, ella comenzó a percibir que estaba siendo mirada. Al principio creía que era solo imaginación suya, pero después lo notaba con certeza. El mosquitero que estaba por fuera de aquella ventana, si bien agregaba una capa de oscuridad que camuflaba una posible cara oculta detrás de la misma, si alguien ponía suficiente atención podía percibir cuándo alguien se asomaba por ahí.

Comentó entonces en su casa lo que le estaba sucediendo con este muchacho. Le contó a su hermano y a su madre, y su hermano a su vez lo charló con otro vecino.

Con el pasar de los días, la incomodidad generada causó que aquellos personajes se sumaran al juego, y de pronto desde el otro lado de la linda se animaron a comenzar a chistarle. Primero lo hacían en broma como para asustarlo, y luego la cosa avanzó un poco más: le chistaban en plena noche para despertarlo.

Después perfeccionaron más aún el método: le chistaban una vez cada veinte minutos, o una vez cada cinco. Se turnaban para chistarle toda la noche entre varios, de modo tal de asegurarse de que tuviera su merecido por chusma. De todas formas, él aguantó sin inmutarse, no volvió a espiar a su vecina nunca más. Simplemente bancaba los golpes. Tragaba, como si el no responder a una provocación eventualmente haría que el contra-ataque se diluyera con el tiempo.

El problema era que, si bien él había dejado de espiar … los demás no dejaban de chistar.

Y lo hicieron durante muchos meses. Y los meses se convirtieron en años.

Una noche sí, una noche no. Dejaban alguna de descanso entre medio para que pudiera dormir, y a la siguiente volvían a chistarle desde el otro lado de la linda. Al principio querían provocarlo para sacarle una reacción, para que alguna conversación seria entre vecinos tuviese lugar, quizá para aclarar los tantos. Para que el muchacho pidiera disculpas, tal vez ... O simplemente a esas alturas ya era un entretenimiento sin un objetivo claro. Un escarmiento indefinido.

Hay que seguirle chistando para que no duerma

¿ Por qué ?

Ya ni recordamos el por qué.

Cuando se aburrían de los chistidos, probaban con golpeteos. Otras veces era un “bú” cortito y sorpresivo, o con tosidos, en especial durante aquellas noches de bronco espasmos. Las noches más creativas hacían ruidos con las manos alrededor de la boca, como intentando imitar el sonido de una especie de ave selvática, otras era el sonido de un Quetzal mexicano, o el rugir de un Jaguar. En algunas oportunidades directamente ponían videos cortos de porno a todo volumen con el celular apuntando hacia la ventana para que sintiera los gemidos y los gritos. Después volvían con los chistidos tradicionales.

El contrincante del otro lado, representando ahora al bando de la resistencia, probaba primero con taparse los oídos. Después usó auriculares para escuchar música mientras intentaba dormir. Otras veces prendía un equipo de audio y escuchaba una emisora de radio que pasaba música toda la noche a un volumen agradable que lograba camuflar un poco el compás de los chistidos.

Mudó el cuarto de habitación tres veces a lo largo de los años, pero aquellos vecinos, una vez enterados de tal cambio, conseguían sigilosamente penetrar en el terreno de la otra casa hasta llegar a la ventana próxima a su nueva habitación para continuar emitiendo el sonido. Entonces el muchacho volvía a usar auriculares, volvía a prender el equipo de audio. En los veranos, el ruido del ventilador también ayudaba a disimular bastante.

De pronto llegó una noche en la que el joven no aguantó más, y se detuvo a reflexionar sobre el asunto. Sabía que todo eso había iniciado por una mala acción de su parte, pero la respuesta que vino del otro lado se había ido también un poco de las manos, y sintió que estaba viviendo una pesadilla.

¿ Por cuántos años más iban a continuar con esto ?

¿ No se cansan ?

¿ No se dan cuenta de que es demasiado ?

Sin embargo, aquella situación no estaba destinada a terminar en una charla para hacer las paces, aunque eso probablemente hubiese sido lo correcto. Aquella situación, como pasa en todo juego de dos bandos orgullosamente enfrentados, no podía hacer otra cosa que continuar escalando.

Había llegado el momento de idear una contra para este contra-ataque indefinido.

El muchacho compró cámaras de seguridad con sensores de movimiento, y las amuró sobre cada una de las ventanas de su casa. Las primeras noches se divirtió escuchando la alarma sonar a todo trapo, mientras los vecinos volvían en retirada hacia atrás totalmente sorprendidos y un poco asustados.

Eso le permitió a él dormir tranquilo durante varios días.

Llegó por lo tanto la reunión inevitable de vecinos para tratar esta nueva realidad: decidieron hablar con un amigo del pueblo experto en cámaras y sensores, para entender en base a la marca y al modelo de la misma qué acciones podrían tomarse para burlar al sistema y volver así a pararse en frente a aquella ventana para poder hacer los ruidos de siempre. Charlando con este contacto, concluyeron que lo mejor sería desconectar el sensor en un momento del día en que el vecino no estuviera presente en la casa, y con la ayuda de un aerosol particular, que rociándolo sobre la cámara generaría un “punto ciego temporal”, aprovechar ese lapso de tiempo para desarmar el sensor de manera tal de desactivarlo. Habrían de hacerlo tres veces, una por cada ventana para no tener que pasar sobresaltos después durante la noche.

Intentaron hacer eso un día en el horario de la tarde, aunque cuando entraron al terreno, se encontraron con que el cimarrón estaba suelto — algo hasta ese entonces poco común, el muchacho no solía soltarlo —y les hizo frente. Era un perro muy malo a pesar de la edad, y defendía su territorio a ultranza.

Tuvieron que recular otra vez. Segundo intento fallido.

Compraron picada en la carnicería y unos huesos y probaron de vuelta a la tarde siguiente, ingresando esta vez con la comida en sus manos. No había caso: el cimarrón los enfrentaba sin importar lo que les ofreciera.

Una nueva reunión tuvo lugar, una nueva decisión se tomó. Tal vez lo mejor no era entrar con la comida y rezar para que comiera y amansara y se amigara. Tal vez lo mejor era dejar un señuelo.

Entonces la tarde siguiente uno de ellos entró otra vez, pero entró solamente para dejar un plato de comida en el suelo y volverse enseguida. Se quedaron toda la tarde haciendo guardia turnándose entre ellos, mirando con binoculares desde la distancia detrás de un pino aquel plato a la espera del momento.

De pronto al anochecer, lo vieron acercarse: el cimarrón olfateó, posó su hocico encima de aquel montón de guiso, sacó su lengua hacia afuera en forma de cucharón y empezó a comer. Los vecinos dibujaban en sus rostros una sonrisa de oreja a oreja.

— Mordió el anzuelo — se decían entre ellos en voz baja mientras lo miraban.

Ahora comía, comía y comía, y lamía hasta dejar el plato limpio como aquellos platos que se dejan parados sobre el escurridor de una vajilla. Calculaban que en cuestión de cuatro o cinco horas los efectos no demorarían en ser notorios.

Se preguntaron en un pequeño rapto de cordura si estaría bien todo esto. Respondieron que sí, que era necesario, que había que continuar con esto a como de lugar. Que el boludo este no se iba a salir con la suya.

Sería una noche soñada para ellos.

Sin el perro estorbando … entonces podrían volver a chistar.