Vivir con máscaras, vivir sin máscaras
Cuando el ego se oculta
Tengo muchas máscaras: una para cada persona, una para cada ocasión. A veces es un poco molesto, porque tengo que llevar en la mochila más de una por si acaso, hacer el cambio de una máscara a la otra dependiendo del momento, o de con quiénes tengo que interactuar.
Por ejemplo Alberto, un tipo con el que es difícil tener conversaciones serias; con él llevo siempre conmigo la máscara de los chistes fáciles: me río para festejarle las bobadas que dice, y trato de contestar con bobadas equivalentes a las que él me tira, como quien jugara al ping-pong o al tenis, y tuviera que devolver un golpe de revés con otro golpe equivalente. Mantengo esa estrategia por un tiempo hasta que llega el momento en el cual Alberto se cansa de su propio show de stand-up y decide empezar a charlar sobre temas un poco más profundos, momento en el cual tengo que hacer el cambio de máscara adecuado para ese propósito.
Distinta es la máscara que utilizo cuando estoy con Alex: él es un mentiroso patológico, le encanta mentir por mentir, sin sacar ningún rédito en el medio. Para ese tipo de personas, me pongo la máscara del “sí”: a todo lo que me dice le digo que sí, asintiendo afirmativamente con mi cabeza, haciendo una falsa escucha activa en donde le digo al mitómano que le creo, cuando en el fondo ya sé que todo es mentira.
Sin embargo, cuando estoy con Fernanda mi mochila se carga con otra máscara diferente: la máscara del cauteloso. Fernanda es muy mecha corta y fácilmente irritable, y en esta situación particular se necesita encarar las conversaciones con un enfoque más prudente, más medido en mis palabras, ya que cualquier torpeza a la hora de comunicarme con ella podría provocar una reacción no deseada.
Pero lo más curioso de todo no es la logística detrás del cambio de máscaras: es que si bien Alberto, Alex y Fernanda son todos amigos míos, Alberto no se lleva ni con Alex ni con Fernanda, y a su vez Fernanda y Alex, si bien tienen trato, tienen sus momentos de fricción, y en charlas directas con ellos siempre me preguntan cómo es posible que yo pueda hablar con cada uno por separado sin tener ningún problema.
A veces en mis momentos de reflexión estando en casa me pregunto cómo reaccionarían todos ellos si un buen día me animara a salir a verlos sin ninguna máscara puesta. Otras veces voy más a fondo: me pregunto en quién me convertiría yo si no usara ninguna máscara. No tengo una respuesta clara de momento, pero siento que me es inevitable responder a ambas preguntas sin antes pensar en la palabra “miedo”.