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Cuento

Yo no soy Mufasa

¿ Dónde estará ?

1

Para su sorpresa, Sofía se vio a sí misma corriendo como un cuadrúpedo sobre la gramilla, yendo en busca de una pelota de goma. Olfateó el pasto a lo largo de varios metros, y en un momento dado sintió el olor artificial e intenso de la misma. Estaba ahí en frente suyo, no tenía que hacer otra cosa más que abrir la boca y capturarla. Cuando se dio la vuelta, a varios metros de distancia se divisó la figura de un hombre:

Bien, Mufasa ! Buen niño !“ - le festejaba con un grito a lo lejos.

Volvió sobre sus pasos corriendo con un ritmo intenso y sin descanso.

En un momento dado, no recuerda cuándo exactamente, sintió como si su alma se desprendiera de ese cuerpo y comenzara a elevarse. Ya se sentía como flotando a unos metros, y pudo observar todo el pasto verde del patio, viendo al hombre y al perro desde otra perspectiva. Ahí justo tomó control de su alma flotante, para volver a bajar lentamente a nivel del suelo, en donde observó de cerca el cuerpo que ella estaba habitando:

Era un pastor alemán.

Una combinación única de tonos de colores: negro en el lomo, marrón claro en las patas y blanco en el pecho. Algo que no lo había apreciado antes en ningún otro perro de esa raza. De todos los perros que había visto, este tenía una presencia tal que podría captar las miradas de muchos transeúntes en un paseo por un parque.

La mente y sus ilusiones a veces tienen eso: una capacidad de imaginación que supera cualquier imagen real.

Sofía sintió que estuvo bastante rato mirando a ese perro de frente, apreciando cada detalle, cada color, la forma del hocico, el pecho, las patas, su presencia de guardián. Recorrió detalle por detalle cada rincón de la figura de la mascota …

Hasta que se levantó de la cama de golpe.

Sintió el susto de cuando alguien despierta de un sueño como por asalto, pero enseguida entró en consciencia de que nada de esto era real y soltó un suspiro largo. Durante varios segundos trató de recordarlo todo …

“El perro !” - Pensó en voz alta.

Giró rápido hacia su derecha para encender la lámpara de la mesita de luz, tomó la libreta, el lápiz y una goma que tenía sobre la misma y comenzó a dibujar.

Sofía siempre tuvo una faceta artística escondida: le encantaba dibujar todo tipo de objetos, personas y animales. Sus obras tenían un nivel de detalle visual que cualquiera que las viera creería que son reales al verlas de primera.

Decidió dibujar primero al perro en el centro de la hoja: trazó el contorno de lo que sería su cuerpo sentado sobre el verde césped, y luego comenzó a darle mayor nivel de precisión en los trazos, ayudándose con la goma para ir borrando lo que sólo servía como parte de un boceto inicial. Trazó las orejas paradas, los ojos, luego dio forma al hocico, dejando su boca entreabierta y con la lengua afuera para transmitir la imagen de perro contento por estar jugando con su dueño. Después le siguieron el pecho, las patas delanteras rectas y en vertical, y las traseras flexionadas para darle el acabado final de la pose de un pastor alemán sentado cómodamente sobre el suelo.

Finalizó el dibujo trazando el pasto para contextualizar a la mascota ubicada en el mismo patio que había visto tan vívida mente en el sueño.

Ya con la imagen plasmada en una hoja, la miró por última vez antes de volver a acostarse en medio de la noche y pensó:

“Ahora sí lo tengo claro: esto es lo que me voy a tatuar mañana en el brazo”.

Dejó de nuevo la libreta, el lápiz y la goma sobre la mesita de luz, apagó y retomó el descanso en su cama.

2

Carlos odiaba el supermercado: hubiera preferido ir a hacer las compras en el almacén de su barrio, pero era domingo a la tarde y estaba cerrado. No tuvo otra alternativa que ir.

Caminar cinco cuadras más de lo pensado para él era como un castigo, a sus setenta años de edad ya no estaba para moverse mucho, a pesar de que todavía no necesitaba de un bastón, y había días no tan buenos en los que a cada paso sentía que sus articulaciones lanzaban pequeñas quejas de dolor al unísono.

Al llegar a la caja, se encontró con la presencia de una muchacha que le parecía muy familiar. Su sonrisa transmitía lo mismo que una quinceañera bailando en plena fiesta de cumpleaños con sus amigas. No supo darse cuenta realmente en el momento de si la conocía o no, pero algo en su aspecto y en su presencia le llamó mucho la atención.

Cuando le tocó el turno pudo acercarse más a ella, y ahí se dio cuenta al instante de un tatuaje que llevaba en su brazo izquierdo:

“¡ Qué hermoso perro el que tenés tatuado !” - Dijo señalando el brazo con sorpresa.

“Gracias ! Lo vi una noche en un sueño y me lo tatué después” - Contestó Sofía encantada de mostrar una obra de arte impregnada en la piel de su brazo.

Carlos recordó enseguida que hacía mucho tiempo atrás tuvo al único perro que adoptó en su vida. Después de su muerte, nunca más adoptó un perrito. Nadie más podría ocupar ese vacío que dejó su compañero de vida.

Le resultó un detalle bastante curioso que un perro como el suyo apareciera en los sueños de otra persona.

“Wow ! Qué revelador ese sueño, no ?” - Sugirió Carlos.

“Sí … fue extraño. No sé cómo explicarlo … fue como si yo estuviera en el cuerpo de ese perro, y estaba jugando con el dueño en el patio. Hasta tenía nombre en el sueño y todo.” - Respondió como intentando precisar algo que aún no tenía una respuesta clara en su mente.

Mientras Sofía pasaba los productos por el lector de código de barras, algo en la cabeza de Carlos empezó de a poco a conectar puntos aparentemente aislados. Y esa conexión lo llevaba a seguir haciendo preguntas:

“De curioso nomás … Te acordás qué nombre tenía en el sueño ?”

“Mufasa se llamaba”

“Qué casualidad … Yo tuve un perro que se llamaba así, y es idéntico a tu tatuaje !” - exclamó Carlos con sorpresa.

“En serio ?” - Preguntó Sofía inmersa en una total sensación de incredulidad.

“Si ! De verdad, no puedo creer tanta casualidad”

Mientras Sofía terminaba de pasar los últimos productos, un sentimiento empezó a atravesar a Carlos de pies a cabeza. Al principio se manifestó como un pequeño escalofrío, luego un temblor inexplicable que empezaba a ganar terreno de a poco. Algo incontrolable que lo estaba tomando.

A decir verdad él siempre fue un tipo escéptico en estas cuestiones. Recordó recurriendo a la memoria de algunos libros que había leído, que nuestra alma pasa por todos los reinos de la Tierra: mineral, vegetal, animal, hasta llegar finalmente al ser humano, en ese orden. No tenía evidencias, pero charlando con esa joven había muchas señales claras que apuntaban todas a una misma dirección. Sólo le faltaba en su mente una pregunta más para salir de toda duda:

“Sé que puede parecer extraño pero … te puedo preguntar tu edad ?” - Preguntó Carlos con cierta dificultad, y temblando de los nervios.

“Eh … si, tengo 20. Por ?” - Respondió sin entender del todo la pregunta.

“20 …” - Repitió Carlos. Y la miró fijamente a los ojos con cara de póquer. Ella también le devolvió una mirada igual.

De pronto su sistema nervioso se empezó a descompensar, la visión comenzó a borronearse y difuminarse de a poco. No podía creerlo. No podía ser cierto bajo ningún concepto. Pero lo era. Las últimas palabras audibles que llegó a pronunciar con la poca energía que le quedaba antes del desmayo fue:

“Mufasa murió hace 20 …”.

La caída de Carlos al suelo fue como si alguien dejara caer una bolsa de papas.

3

Era la primera vez que Sofía había vivido algo así en plena jornada laboral. Por fortuna logró reanimarlo con un vaso con agua fría en la cara, pero después se aseguró de llamar a la ambulancia para que el pobre señor fuera atendido debidamente.

Charlando con otros clientes que lo conocían de antes y estaban en el súper cuando todo ocurrió, Sofía pudo conseguir la dirección de su casa. Quería ir a visitarlo un par de días más tarde, ya que no podía evitar sentirse un poco culpable por el episodio.

Sofía tocó el timbre y la puerta no demoró mucho en abrirse:

“Hola ! Tú sos …”

“Sofía, la chica del súper, la del tatuaje”

“Ah sí, Mufasa !” - Recordó Carlos. “¿ Cómo andás ? Pasá nomás”

Ni bien dio dos pasos para adentro de la casa, sus ojos se clavaron en el porta-retratos que había en el centro de la mesa: estaban los dos ahí, posando para la foto. Un Carlos quizá en aquel entonces unos veinte años más joven, o más aún, agachado sobre el pasto, y con su brazo izquierdo extendido abrazando al perro, ambos rostros dibujaban la expresión de quienes estaban compartiendo una agradable tarde al aire libre.

Sofía había confirmado en ese momento que lo que aquél hombre le contaba era verdad: Mufasa era Mufasa. Ese perro era calcadamente idéntico al que soñó, idéntico al tatuaje en su brazo y al dibujo que tenía guardado en su mesita de luz.

“Podés tomar asiento” - sugirió Carlos mientras arrastraba una de las sillas hacia atrás para darle espacio a Sofía, quien se acomodó sobre ella a continuación.

Carlos se sentó en la silla opuesta al otro lado de la mesa.

“¿ Cómo pasaste estos días ? Me quedé un poco preocupada después de lo que te pasó.” - Preguntó Sofía.

“Estoy mejor, la doctora me atendió de maravilla no tengo quejas, fue sólo un desmayo nada más. Es sólo que …” - se detuvo dos segundos con la mirada en un punto fijo - “ … fueron muchas cosas juntas para mí en ese momento … Ver tu tatuaje, acordarme de él “ - señaló el porta-retrato - “ … muchas coincidencias que me hicieron divagar un poco … No te parece loco todo esto ?”

“Sí, la verdad que sí. Son muchas las coincidencias.” - Asintió Sofía mientras movía con ansiedad los dedos de sus manos apoyadas sobre la mesa.

“Vení acompañáme, tengo algo para mostrarte.” - Carlos se levantó del asiento y se dirigió hacia la puerta trasera de la casa. Sofía se levantó con curiosidad aunque también con un poco de miedo. Ya no sabía con qué otra sorpresa más podría encontrarse.

Salieron al patio del fondo de la casa. Era un predio con suficiente espacio como para construir una segunda casa, y el pasto bien verde lo cubría prácticamente todo, salvo en una parte. Una lápida cuadrada de mármol yacía en el suelo a un par de metros hacia adelante de donde estaban parados, y al lado de ella se erigía una cruz del mismo material. Tenía la foto de Mufasa, sentado, con las patas delanteras estiradas, las traseras flexionadas mostrando la postura erguida del pastor alemán sentado. Su boca abierta con la lengua caída y mostrando los dientes sin ocultar ningún detalle de los mismos.

Sofía estaba temblando, pero se sujetó las manos intentando sin mucho éxito transmitirse un poco de calma.

Carlos rompió el silencio después de algunos segundos:

“La noche que murió, era una noche de tormenta. Siempre lo dejaba dormir adentro cuando había mal tiempo. Me destrozó por completo lo que le pasó “ - tragó un poco de saliva, y luego continuó:

“Cuando desperté, temprano por la mañana, me di la vuelta para saludarlo, pero estaba totalmente duro. Cuando me levanté para ver si estaba bien, había una mancha de sangre enorme saliendo desde su hocico. Era todo sangre esparcida por encima de la cama.”

Los ojos de Carlos se empezaron a cubrir con el agua de la tristeza y la desazón.

Tomó un poco de aire, y con la primera lágrima cayendo de su ojo derecho por la mejilla siguió:

“Al principio no supe qué hacer. Lo abracé con toda mi fuerza, pero sentía que lo que estaba abrazando ya no era más él. Estaba abrazando a un cuerpo. El alma ya no estaba. Él ya no estaba más conmigo.”

Sofía seguía paralizada: podía imaginarse lo triste que significaba para Carlos perder a un amigo fiel mientras dormía, de la forma en la que lo había visto. Trataba de hacerse en la mente una imagen tan horrible como esa, aunque por otro lado sus pensamientos acerca de la serie de sucesos que la llevaron a visitarlo, la dejaban con la sensación de tener más preguntas que respuestas. No podía actuar, no podía siquiera intentar abrazarlo, tampoco sabía qué decir. El bloqueo mental era tan grande que no había lugar para consolaciones.

Carlos con la voz ya un poco alterada, continuó:

“No fui a trabajar por varios días, no fui ese día, y tampoco fui el resto de la semana. No podía ni comer. Apenas tuve fuerzas para enterrarlo acá en el patio, y darle la despedida que se merecía. Desde ese momento, siempre hay un instante en el día en el que me pregunto dónde estará él. Tengo su cuerpo enterrado, pero a dónde habrá ido su alma. Es la pregunta que siempre me hago, y a veces siento que voy por la vida buscándola. Y cuando te vi a vos, no sé, algo me hizo creer …” - Ahí Carlos se detuvo, como siendo incapaz de encontrar palabras para terminar la oración.

Una sensación rara en la panza le brotó a Sofía. Como un presentimiento de que algo extraño estaba sucediendo, de que las cosas no encajaban, sintió que estaba viviendo una especie de sueño real. Como si el sueño de aquella noche no fuera más que un sueño adentro de otro sueño adentro de otro sueño. Y si esto también era un sueño, entonces cuál sería la realidad.

¿ Y si nada es un sueño y todo es cierto ?

De pronto se sintió tan confundida por la situación que le invadieron unas ganas enormes de retirarse de ahí, sintió que ese no era su lugar.

“Yo no soy ese perro.” - Pensó en voz alta.

Se dió la vuelta de manera decidida, y salió corriendo por el pasillo lateral del patio de la casa.

Tenía que irse de ahí cuanto antes. No podía soportar un segundo más.

Carlos miró para atrás, y entre lágrimas apenas alcanzó a lanzar un grito que se perdió en el aire:

“Sofía ! Qué pasó … ?”

Quedó perplejo al ver cómo la muchacha huía corriendo hacia la calle sin saber qué le había pasado.

Cuando ya había recorrido media cuadra, Sofía frenó la marcha rápida para continuar caminando. El hombre a su edad y en su condición no la iba a perseguir, y ya estaba bastante lejos de ese lugar que tanta incomodidad le generaba.

Lo había visitado porque le daba pena, porque se había preocupado por un cliente y su estado de salud. Y le acompañó en el sentimiento hasta donde pudo. Recordó que su padre siempre repetía casi como un mantra la frase “a los melancólicos hay que seguirles la corriente”.

Pero a esa hora de la tarde, y volviendo para su casa caminando apresurada, encorvada y con los brazos cruzados como abrazándose del frío, lo único que Sofía deseaba era que llegara la noche, para acostarse a dormir otra vez, soñar con cualquier otra cosa, dibujarla, y tal vez así por fin olvidarse o intentar borrar aquél tatuaje que tenía en el brazo izquierdo.