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Cuento

Caminante Solitario

Si no estás presente ahí, no tendrás algo para contar

Entré por la puerta principal con las expectativas bajas.

Hacía mucho que no salía de noche, y no recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice solo. No está mal salir solo, pero percibo cierta crueldad en esa actividad: es como si me observara desde afuera caminando sin compañía, y juzgara esa acción con el cristal de alguien que la necesita, sintiendo al instante tristeza o compasión por eso. Recorro las calles nocturnas con las manos en los bolsillos, me cruzo con parejas, me encuentro con grupos de amigos al pasar, los veo y me ven, y al verme, mi propia percepción de caminante solitario me baja el precio.

Atravesé entonces la entrada principal y mis ojos se inundaron de personas sentadas alrededor de mesas rectangulares de madera con bancos a los costados, todos disfrutando de diferentes cenas: hamburguesas, pizzas, empanadas. Vasos de coca cola y cerveza acompañando los manjares, charlas familiares, conversaciones de amigos que tal vez se están poniendo al día. Chistes con carcajadas, sonrisas y miradas cómplices.

Giré a mi derecha y tomé la escalera hacia la segunda planta. Mis pies pisaron con firmeza los escalones de madera y con mi mano rozando la superficie sentí la baranda de contención metálica pintada de negro, me gusta tener la baranda siempre cerca y a mano por más que la escalera sea ancha y cómoda al caminar. Mientras subía seguía observando a la gente: rostros que brillaban, mujeres con piel de colágeno y ojos que me captaron la atención, tal vez me recuerda a eso que ahora me está empezando a faltar.

Ví un local de tragos y sentí unas ganas enormes de acodarme a esa barra de madera, pero tenía hambre y me frené, comer era más importante en ese momento de la noche. Más adelante mis ojos se cruzaron con un cartel con la palabra “Milanesa” y fui directo hacia ahí:

– Hola, ¿ Cómo estás ? Te pido una a caballo

– ¿ Algo para tomar ?

– Una coca de medio

– ¿ Común o sin azúcar ?

– Común –

Pagué y me llevé a la mesa ese token de plástico que suena como vibrador a máxima potencia cuando está pronta la comida.

En muchas oportunidades mi cabeza de millennial dopaminado me pedía a gritos sacar el celular del bolsillo, aunque la mayoría de ellas me aguanté. En la mesa de al lado tenía a una pareja aparentemente estable, de muchos años de relación, disfrutando de una milanesa. Dando vuelta la esquina un grupo de muchachos tomando cerveza, seguramente bromeando entre ellos, y en la planta baja en una de las mesas las amigas le cantaban que los cumplas feliz a una chica joven.

De pronto me asaltó la idea de que tal vez esa milanesa a caballo era para dos, y no para uno. Recordé que sí, que ese menú que elegí debía ser para dos, pero no me inmuté. Ya lo había pagado, era más fácil comerlo que pedir un cambio de menú y que me dijeran que no hay milanesas individuales.

Sonó el vibrador y me levanté a buscar el pedido. Era para dos nomás. Una milanesa del tamaño de Rusia con dos huevos fritos y una montaña de papas fritas por arriba. Empecé a comer de a poco desde una de las puntas de la bandeja y me observé: un hombre solo comiendo semejante milanesa con guarnición para dos. Pobre hombre cuánta hambre tendría.

No era tan tierna y el cuchillo no estaba lo suficientemente afilado para los cortes, pero me gustó. Hice el esfuerzo por terminarlo pero quedó casi la mitad. Una presencia imaginaria sentada enfrente mío me hubiese ayudado a liquidarla.

Haciendo la digestión miré hacia mi derecha y en planta baja había unas luces de neón de color rojo. Tenía aspecto de cervecería, aunque no había mucha gente. Me levanté de la mesa y devolví la bandeja, después tiré a la papelera el plástico de la botella de coca y me fui para ahí.

Era una cervecería artesanal, aunque solo había cinco tipos jugando al pool adentro, y el cantinero mirando la partida desde atrás del mostrador entre bostezos. Me acerqué a pedir:

— Buenas noches, ¿ Una doble IPA puede ser ?

— Sí, te cobramos 50 pesos el vaso y después lo devolvés.

— Perfecto.

Pagué y sirvieron la cerveza, busqué entonces una mesa para sentarme. No me iba a sentar a mirar a los tipos jugando al pool, así que me senté mirando para el otro lado. Más gente sentada alrededor de las mesas, más cenas familiares y de amigos, carcajadas, conversaciones amenas, juntadas de compañeros y amigos, alguna cita tal vez. Mi mano derecha sostenía el vaso de plástico duro con una inscripción con el nombre de la cervecería. Giraba y giraba el vaso, y otras veces lo levantaba para beber un sorbo. En la tele pasaban ESPN pero sin partidos en vivo, estaba la mesa de análisis de los periodistas.

Un sorbo le seguía a otro sorbo hasta que el vaso se pinchó, me levanté y pedí una IPA común, no me gustó tanto como la doble, se sentía como tomar cerveza ligera. Otra vez mis dedos jugando con el vaso, mis ojos viendo a la misma gente cenar, y más y más sorbos uno al lado del otro. Y entonces se fue la tercera, volví a la doble IPA.

Creo que estuve alrededor de una media hora imaginándome un reencuentro posible con una de mis ex. A falta de charla real: charla imaginaria. Me costó pensar en qué tipo de charla se podría generar con una persona que ya no existe, no estoy diciendo que murió, saben a lo que me refiero. Era complicado imaginarlo, pero me lo imaginé. Entre todos los escenarios barajados, una narrativa paralela me sugería una especie de charla vacía en la cual ambos nos preguntamos cómo estamos hoy, cómo hemos pasado este tiempo, pero ese universo paralelo sabemos que como charla no se sostendría más allá de los dos minutos. Después me costó aunque también me imaginé otra variante en donde aparecía de nuevo aquella mujer que ahora ya no está, aquellos ojos que brillan y ese rostro que me sonreía cuando se encontraba conmigo. También me imaginé que volveríamos sobre el tema de por qué no había funcionado bien aquello entre los dos. Y me imaginé diciéndole que estaría dispuesto a volver a intentarlo, que así como me enamoré hace un año, podría volver a hacerlo fácilmente con ella, pero que necesitaba una versión de ella más segura, más lanzada en la relación. Carajo, cómo vuela mi mente a veces. Esa cabecita y sus escenarios imaginarios con tres pintas de cerveza encima.

Algunas mujeres empezaron a caer al lugar, todas de a pares, ninguna sola. Me pregunté en un momento cómo podría acercarme a charlar, qué se suele decir, qué se suele preguntar para no quedar como un estúpido. Lo sentí tan forzado como el inicio de una charla de chat de Tinder. Abandoné al toque esas pretensiones, por lo menos hasta que apareciera una chica completamente sola, cosa que sería astronómicamente improbable.

De pronto mi mente volvió a la mano derecha acariciando el vaso. A mirar de nuevo a esa multitud cenando en las mesas allá afuera. Se presentaron entonces las ganas de irme. Ya no tenía nada más que hacer, me estaba aburriendo. Nada estaba pasando, porque lo único divertido transcurría solamente por mi cabeza.

Y cuando aquel líquido de la IPA se estaba por consumir del todo, justo en ese momento, entró alguien por la puerta del bar.

A veces me pierdo de vivir grandes anécdotas por haberme ido antes de tiempo, pero esta vez no fue el caso.

Entró por la puerta un moreno calvo, de sonrisa inquebrantable, que estaba acompañado por cuatro amigos más. Después de un rato, el tipo se arrimó hasta donde estaba con el vaso de cerveza en la mano:

– Hey, puedo usar tu mesa ? – hizo el gesto como queriendo apoyar el vaso.

– Si, no hay problema

– Muchas gracias

Se presentó y me saludó. Ya no retengo nombres así que desgraciadamente no recuerdo el suyo cuando me lo dijo, lo que sí recuerdo es la presencia de un hombre alegre al que le gustan los ambientes festivos. Es brasileño y está viviendo en Uruguay desde hace dos años más o menos. Se tomó el trabajo de presentarme a todos y cada uno de sus amigos, haciendo que me saludaran todos sin excepción. En una intenté sacarle charla a uno de ellos y pareció más una conversación de sordos:

– ¿ Vos hace cuánto estás acá en Maldonado ?

– ¿ Jugamos al pool ?

– Dale, si

Fuimos a la mesa y le dimos un golpe de puños. El pelado fue directo a preguntarnos qué tipo de cerveza estábamos tomando los dos, seguramente para pagarnos una vuelta, mientras esperábamos a que la mesa se liberara.

Aún había poca gente en el lugar, mayormente hombres. Todos congregados alrededor de una mesa de pool, para ser sincero hacía mucho tiempo no estaba en un ambiente así. Mi recuerdo más cercano se remonta a la adolescencia, época en la que mi ciudad natal estaba repleta de cibercafés y de lugares de videojuegos estilo arcade con mesas de ping pong y de pool.

La partida fue bastante pareja a pesar de que nos había tocado como contrincantes a dos tipos que habían ganado las partidas anteriores sin despeinarse. Los que saben ejecutar una tabla muy bien tienden a ser jugadores muy habilidosos de pool, categoría en la cual claramente no me incluyo, simplemente me limito a jugar socialmente y por diversión. La remamos con bastante tenacidad hasta el final, cuando lastimosamente y en un intento por arrimar la bola negra contra nuestra buchaca, terminé metiendo la blanca sin querer y perdimos. Nos saludamos cordialmente y volví a la mesa con mis nuevos amigos.

En un momento llegaron dos chicas a una de las mesas de al lado y las observé con atención. Eran dos morenas pero morenas del estilo de las que me gustan. Ese tostadito trigueño que puede provenir o bien de Colombia o bien de algunas zonas del Caribe, y en ese caso debatí con los muchachos si se trataría tal vez de cubanas, venezolanas o dominicanas, teniendo en cuenta el patrón migratorio que tiene nuestro país. No me importaba mucho, simplemente trataba de mirarlas de cerca con interés, y si bien pasó por mi mente considerar un acercamiento las había visto demasiado jóvenes para mí y entonces descarté esa posibilidad.

De pronto me dieron ganas de ir al baño y entré. Recuerdo la situación jocosa de pararme en el meadero al lado de otro tipo y que me haga el típico chiste de hacerse el molesto por estar parado al lado de él en semejante momento íntimo como el de orinar. Boludeces que algunos hombres tienen de no querer que le miren el miembro como si tuviese una forma rara o especial en comparación con los demás.

Salí del baño y entonces sentí que algo había cambiado. Cerré los ojos para percibir con mayor intensidad, y el olor a crema de enjuague me abrazó por completo. Abrí los ojos y comprobé lo que era: estaba rodeado de cabellos lacios, estaba inmerso en la gloria. No entendía cómo era posible que menos de un minuto en el baño fuese un tiempo suficiente como para que el bar se llenara de presencias femeninas, pero había sido real y estaba pasando frente a mis ojos. El DJ estaba empezando a cambiar la música en dirección hacia los hits del momento, y me acordé de mi nuevo amigo, y fui a preguntarle si no quería que le pagara una vuelta, fui al mostrador entonces a hacer los honores. No sé qué clase de mecanismo interno opera mentalmente en estas circunstancias, pero me estaba sintiendo varios años más joven en ese momento de la noche. Mi mente se acordaba de aquellas noches en el boliche de la ciudad, o en algún bar de Montevideo, disfrutando de la noche con mis amigos.

Ya era para mí el quinto trago, pero era un fernet con coca, había cambiado la fórmula, y todos estábamos con un trago en la mano y bailando al ritmo de la música tropical urbana. Mirando el ambiente, deleitando las vistas y siguiendo el compás de los golpes electrónicos.

Me sumé en un momento con dos de aquellos amigos a bailar junto con otras tres chicas que estaban cerca en la pista. Si mi memoria no falla eran una morocha y dos rubias, de las rubias una petisa sonriente de lentes y otra mujer alta, más alta que yo lo recuerdo patente. La petisa me gustaba, y nunca llegué a preguntarle la edad pero seguramente sería tan joven como las caribeñas que describí unos párrafos atrás. La invité con un trago de fernet porque la vi con sed, y después hablé un poco con su amiga la alta, que aunque no aparentaba tan simpática como la otra, se prestaba de todos modos para la charla. Estaba fumando un vaper con sabor a frutilla y se lo pedí prestado para unas pitadas. Mientras tanto uno de los amigos estaba tratando de chamuyar a la petisa, se lo veía bastante entretenido en ese trabajo insistente mientras los demás nos seguíamos dejando llevar por la música.

El tiempo pasó bastante rápido y llegó el momento en el que las chicas se empezaron a despedir de nosotros. En un momento la alta del vaper me hizo una pregunta que no me la esperé:

– Me despido porque nos vamos, ¿ Qué van a hacer ustedes mañana ?

– No sé, si querés te paso el Instagram y hablamos ¿ qué te parece ?

Contesté sin saber muy bien el contenido de la respuesta, yo estaba con ellos de rebote porque los había conocido ahí mismo, y con el ruido de la música no iba a ponerme a explicar cosas que se prestaban más para un cuento largo que para ese momento.

Entonces abrí mi Instagram, fui al buscador, y le di el celular para que ella se buscara y se clickeara a sí misma en el botón “Seguir”. Luego nos saludamos y se perdió de vista entre la muchedumbre junto a sus amigas. Vi que se me estaba terminando el vaso, y fui por otra recarga. Ya eran las tres de la mañana, y tenía cosas que hacer al otro día temprano, entonces me di cuenta de que era momento de retirarme, aunque no sin antes pedir un último fernet.

Con ese último trago en la mano decidí como muchas noches lo había hecho no devolver el vaso para reclamar cincuenta pesos uruguayos, que para ese entonces equivalían a un dólar con veinticinco centavos y que en nuestro país eso no alcanzaba para pagar siquiera un boleto de transporte público. También decidí, junto con la decisión de no devolver el vaso, de irme de la cervecería con el fernet en la mano, caminando mansamente. Pero antes de volver a donde tenía que volver, pensé en dar una vuelta por ahí. La noche no era tan mala como para eso.

Fui para el lado de la rambla. El mar es hermoso, más aún cuando no hay gente y se puede apreciar a la naturaleza en el estado más cercano a su pureza posible, dentro de la artificialidad de la presencia humana en la urbe. Crucé la doble vía de la rambla para subir por las escalinatas de madera que brindan el acceso a la playa, y sin haber bajado a la misma, me detuve en el medio del puente de madera para contemplarlo todo: una brisa, fría pero suave, me envolvía. La sombra de la Isla Gorriti se podía ver a pesar de la noche, y muchas estrellas aparecieron para decir presente en lo que a esas alturas ya era la madrugada de un sábado más del mes de julio. Dejé el vaso de fernet apoyado a un costado sobre la baranda de madera, y cruzado de brazos me recosté sobre ella.

Y me la volví a imaginar. Esta vez la pensé presente al lado mío. Me imaginé también que habíamos pasado una noche hermosa bailando y disfrutando. También la imaginé con la misma sonrisa que ella me dedicó en aquellos meses que estuvimos juntos, cuando la acariciaba y la besaba, cuando ella aterrizaba sus manos suavemente sobre mis cachetes y entre cerraba sus ojos como si estuviera maravillada por mi presencia, cuando me posaba su mano sobre mi pierna, cuando yo le acariciaba su cabello con rizos. Y nos imaginé también conversando, esta vez éramos los mismos de hace un año, pero queriendo volver, teniendo ganas enormes de volver a vivirlo. Me imaginé diciéndole que esta vez estaba seguro de querer estar con ella, pero que necesitaba también de su seguridad. Que no iba a tolerar más ambigüedades, o titubeos de su parte. Que yo no iba a volver a actuar con cobardía y que estaba pronto para tirarme al agua de la misma forma que se lo pedía a ella.

Fue tan hermoso imaginarme eso. Lo hubiera sido más aún si se hubiera dado en el momento justo en que se tendría que haber dado, un año atrás. Pero no se dio.

Y entonces volví a esa escena en la bajada a la playa. Volví a sentir los brazos cruzados sobre la baranda de madera. Sentí la necesidad de volver para ir a dormir, que mañana tendría cosas que hacer.

Como si se tratara de una especie de ofrenda a quién sabe qué clase de deidad, dejé entonces el vaso de fernet descansando sobre la baranda, me levanté y me fui caminando.

Consideré que toda nueva anécdota que pudiera vivir a partir de ese momento de la noche sería una anécdota perdible.