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Cuento

Como todo borracho

Cuento

— Los ingenieros tenemos fama de borrachos.

Esa frase la recuerdo hasta el día de hoy. No tengo una forma de comprobarlo porque nunca hice una encuesta, pero por lo menos en mi círculo cercano de compañeros de Universidad, el placer de tomar bebidas alcohólicas fue una constante que nunca se abandonó en todos nuestros años de carrera. No me enorgullezco: después de todo es una sustancia nociva, nos estamos haciendo mierda de la misma forma que un fumador, o que un drogadicto. Solamente nos estoy describiendo. Escribo estas líneas con la compañía incondicional de una copa de vino, como si fuera necesario aclarar.

Es que seamos sinceros: para superar los obstáculos de una carrera como esa hay que ser, o bien un cachorro de Einstein, o bien un freaky con tintes de Asperger interesado específica y profundamente en cuestiones de la ciencia aplicada. O bien un muy buen alumno de la secundaria que se metió en facultad, y que para sortear los obstáculos de una manera lo más amena posible tuvo que recurrir a litros y litros de alcohol sedante como válvula de escape, y a chistes internos que lo hicieran olvidarse de alguna forma u otra de que aquello que realmente estaba estudiando consistía en cuál era la mejor estrategia posible para salvar exámenes, porque si se enfocaba en aprender realmente con el objetivo de salvar, jamás le iban a alcanzar las horas del día para eso.

El sutil arte de descubrir las trampas que se escondían detrás de las pruebas de múltiple opción.

Repetir hasta el cansancio simulacros de exámenes y así estar entrenado para dar el verdadero examen final, como quien entrena repeticiones de bíceps en un gimnasio hasta que el brazo le queda duro como una roca.

En ese contexto éramos cuatro tipos amantes de las computadoras y de los códigos, que habíamos salvado una asignatura importante en la carrera. La alegría por el logro alcanzado era enorme, así que salimos de la facultad y cruzamos enseguida para la panadería que estaba en frente. Un lugar emblemático que todavía existe, no voy a revelar su nombre ni su ubicación, pero el conocedor del ambiente sabrá a qué lugar me refiero.

Nos sentamos en las sillas plásticas que estaban afuera. El atardecer primaveral que de a poco iba dando sus señales de preludio al verano que estaba a la vuelta de la esquina, nos abrazaba con su calidez. Estábamos muy cansados en ese momento ya que habíamos defendido con la mayor de nuestras convicciones a la última de las pruebas en grupo que necesitábamos aprobar para poder terminar con esa materia y lo habíamos logrado. Sólo quedaba festejar, y Bruno dio el primer paso:

— Gurises, vamo a comprar algo pa tomar

Fue el primero en entrar al local y yo lo seguí. Me acuerdo que compré una caja de vino tinto Faisán, y él compró un par de cervezas Patricia de a litro.

Nos sentamos a charlar, y de pronto la mesa se había llenado de anécdotas, de aquellos momentos cómicos que decoraron nuestra experiencia a lo largo del semestre: lo tartamudo que era nuestro profesor miope de monitoreo, que a veces se le caían los lentes al piso y se agachaba a buscarlos y no los encontraba. Una vuelta el Mario lo ayudó porque los lentes se habían ido para abajo de un escritorio y había que agacharse y estirar el brazo. También nos acordamos de las frases picarezcas y con doble sentido que tenía el profesor de las clases teóricas. Era tan bueno para eso como para hacerte dormir en medio de la clase: su voz profunda y grave, llena de pausas, tenía un efecto somnífero muy potente. Y conocedor de esa característica, cada veinte minutos o media hora lanzaba una frase ambigua para descolocarnos.

Una tarde estaba explicando con todo el entusiasmo del mundo el concepto de complejidad computacional, cuando de pronto al terminar un argumento dijo:

— No sé ustedes, pero … yo no la pondría !

Todos abrimos los ojos de par en par en el salón, algunos ya soltaban un risa contenida, aunque no había que reírse a carcajadas frente a un tipo que te reconoce que no la pondría con cara de tipo serio.

También nos acordamos de una tarea de otra materia que había que entregarla un martes a las 0 horas, y la entrega consistía en dejar un CD (sí, escuchaste bien, joven generación zeta: un COMPACT DISK conteniendo la tarea en un sobre manila) en un buzón colocado en la puerta del Instituto de Matemáticas. Cualquier funcionario público entenderá que ni porque le paguen triple estaría dispuesto a hacer guardia en la puerta de aquel instituto para verificar que ningún alumno se pase de la medianoche al hacer la entrega de una tarea.

Pues bien: entregamos aquel CD como a las dos y media de la madrugada dado que estábamos medio en el horno. No me acuerdo ni cómo volví a mi casa esa madrugada, el último bus del día había salido del centro una hora antes. No había ni el loro en la facultad, y no nos trancaron la puerta de salida de milagro.

Entre medio de las charlas nos bajamos la caja de tinto y las tres, cuatro, cinco cervezas que habíamos comprado hasta ese entonces, cuando por fin decidimos tomar el bus hacia el centro para volver a casa. Compramos de viajero una segunda caja de vino.

Fuimos hasta la parada y el CUTCSA de la línea 117 detuvo la marcha frente a nuestra señal. Subimos en fila y cuando me tocó pasar a mí el chofer me hizo una advertencia:

— Te dejo pasar, pero si llegás a empinarte esa caja en medio del viaje te bajo enseguida.

Entendido.

No le dí un solo trago a la caja de vino en todo el trayecto de unos quince o veinte minutos de viaje desde Punta Carretas hasta 18 de Julio y Tristán Narvaja. Al llegar nos bajamos todos con el apuro de quien necesita combustible para el organismo, y en una especie de ritual chamán nos paramos en círculo sobre la vereda y le dimos un trago largo los cuatro para terminar con la caja.

En una Jorge me dice:

— ¿ Bo, vamo´ al bar este que está a una cuadra a tomar un Whisky ?

De haber estado fresco y en un día normal, claramente le hubiera dicho que no, porque habíamos mezclado muchas bebidas en poco tiempo.

Pero habíamos salvado una de las materias más importantes de la carrera.

Entramos como campeones por la puerta de aquel bar, es de esos bares que estoy seguro que aún persisten en algunas esquinas de Montevideo. Tendría que recorrer y prestar más atención en mi ciudad para comprobar si todavía existen, porque están en peligro de extinción: son esos bares a los que acuden hombres de una edad promedio de entre cincuenta y sesenta años, que tiene mesas y sillas de madera, pero que tienen también una barra larga como milanesas de víbora, con un cantinero del otro lado que es capaz de servirte desde un vaso de whisky con medidas adulteradas y achicadas por el truco de la famosa moneda, hasta una amarga con vermouth. Se armaban interesantes tertulias de largo aliento entre los parroquianos, bebiendo sin parar, y hablando de política, de fútbol, de bromas en general.

Ahí mismo nos sentamos en una mesa y pedimos un whisky cada uno. A esa altura ya no hablábamos más de las anécdotas de la facultad. Creo que a esa altura apenas hablábamos un Castellano fluido que una persona fresca pudiera comprender decentemente, y los chistes que nos contábamos ya eran una especie de collage entre referencias del mundo nerd, pajeriadas típicas de nuestro género, y diálogos de Los Simpson.

Con el golpe de gracia de un último vaso de whisky fluyendo en el interior de nuestros estómagos, decidimos finalmente enfilarnos hacia la parada del segundo bus, el que verdaderamente nos llevaría hasta nuestra casa. Si bien podía caminar, veía el mundo exterior sacudirse: era como observar una imagen que no era del todo definida, y que se distorsionaba a cada paso que daba. Era como mirar un video de calidad SD de los 2000, en una laptop que se movía para los costados.

Había comido muy poco también a lo largo de la tarde, y sentía en mi interior a una licuadora girando a máxima velocidad.

Cuando nos subimos al bus, olía como a viejo. Como a esos asientos de cuero milenarios a los que nadie reparó en pasarle cada tanto un trapo con productos de limpieza. Pagué el boleto y caminé ligero hasta el asiento de más al fondo que estaba libre y me senté.

El vehículo empezó a moverse, y en cada frenada y lomo de burro mi panza se revolvía incómodamente. De verdad no me estaba sintiendo del todo bien.

No tenía bolsas, ni de papel ni de nylon.

Tenía a alguien sentado al lado mío, y el bus se estaba llenando de gente, no había a dónde ir, y la vergüenza era una sensación que se estaba apoderando de mí de a poco. Incluso borracho no pierdo la vergüenza.

Entonces entendí que mi única salvación, aún a riesgo de ser visto con una mirada patética, con una mirada de lamento y de deterioro humano, sabía que mi única salvación estaba toda puesta en la ventanilla. Porque si algo había hecho bien aquella tardecita era estar bien ubicado en donde estaba sentado.

Fue así que entonces, como buen bebedor en una situación de desbunde, y tratando de hacerlo en un momento en que nadie me observara, abrí la ventanilla del vehículo, giré mi cabeza y la asomé levente hacia afuera, abrí la boca de par en par apuntando hacia abajo.

Todo lo que tenía en el interior de mi estómago, se volcó íntegramente hacia el exterior, cayendo todo sobre el techo de un auto en plena Avenida 8 de Octubre.

Sí, soy y seré un borracho.

¿ Como todo ingeniero ? No lo sé. Esa fue una frase de un amigo.

Como todo borracho, digamos.