Dos lenguas que se tocan
Cuento erótico
El calor del nordeste me golpeaba con vigor.
Me acuerdo que mis brazos penetraban en el fluido: primero entraba el brazo derecho y los dedos rectos de la mano hacia adelante, alineados, sumergía los cinco bien adentro del agua como quien clava un puñal, a la par que inclinaba mi cara sobre la superficie mirando hacia mi izquierda, y luego retraía el brazo derecho bajo el agua para dar lugar a que el izquierdo hiciera también lo propio, y entonces el izquierdo se levantaba como trazando un arco imaginario en el aire, y mi mano izquierda también se adentraba en el agua realizando el mismo gesto equivalente, y mi rostro giraba ciento ochenta grados hacia la derecha para acompañar al resto del cuerpo. Las piernas, unos centímetros por debajo de la superficie, hacían lo suyo en una especie de danza de ballet en horizontal, movimientos ligeros de pata de rana bailando para mantener a flote el tren inferior.
Sonaba rock uruguayo a todo trapo por alto parlantes, porque me había encargado de eso. Me gusta ser un embajador en todos los lugares por los que paso.
Estabas acostada sobre la hamaca paraguaya pero no me había percatado de tu presencia. En un momento dejé de fingir que nadaba para pararme, y con el agua a la altura del pecho levanté la vista y te vi. Me estabas sonriendo, aunque sabía que tu sonrisa no era la misma que ensayabas como cuando mirabas a otros al saludar. Tu sonrisa hacia mí era una especial, diferente. Sobre el final me dedicaste un guiño. Levanté la mano para corresponder el saludo y obviamente también sonreí. Sé muy bien que es una de mis armas, y me encanta hacer uso de ellas en cuanto tengo la mínima oportunidad para eso.
Eres una mujer tímida, sin embargo tu timidez es lo que se diría un caballo de Troya. No, una potra de Troya. Es esa timidez que guarda tras de sí el atrevimiento, lo tiene contenido, agazapado a la espera de que llegue el momento de jugar esa carta. Siempre supe que tenías una especie de fuego escondido, y algo me sacude cuando con tus gestos lo sacás a relucir. Mi sangre bombeada no es indiferente a tus estímulos. Nunca lo fue.
Caminé hasta la escalera y haciéndome el paciente fui levantando mis pies uno tras otro para ir saliendo. Me esperaban un par de toallas para secarme. Estabas leyendo un libro concentrada, o tal vez no tanto, aunque seguramente te gustaba jugar a que estabas enfocada, simular que no estabas tan al pendiente de mí. Mis pulsaciones se aceleraron como si una leona me estuviera persiguiendo, mientras pensaba en lo que iba a decir cuando te hablara. El rato que demoré en secarme en mi mente se sintieron como horas, y rezaba para llegar y que aún estuvieras ahí recostada en la hamaca y no te hubieras ido. Era evidente que no te ibas a ir, y yo dudaba.
En un momento me sentí lo suficientemente seco como para acercarme, entonces tomé una silla que había por ahí y me arrimé, y al acercarme fui notando cómo tu vista se alejaba de esas páginas para conectar con la mía:
— ¿ Cómo está el nadador ? — me dijiste con ese acento que danza alegre y rítmicamente, que remarca mucho las eses, pero que maneja dentro de todo bastante bien el español.
— Bien, eu me cansei um pouco … mas cuando me canso eu procuro boa compañía
Te reíste enseguida, y tu libro se perdió entre las telas de la hamaca. No dejaste nunca de mirarme en ese instante:
— Então … eu sou boa companhia, eh ?
— Eu acho que si – te contesté con firmeza, mas agregué mientras me reclinaba un poco hacia adelante para acercarme — Eu sinto que voce seria uma boa compañía pra mi. Pode ser que eu estou imaginando cosas loucas também.
Si estabas sonriendo antes, entonces sonreíste más todavía. Tenías que verte en ese momento, de haberme dado cuenta, hubiera llevado el espejo del baño de mi habitación hasta ahí para que te vieras. Te brillaban los ojos mientras me mirabas, y yo estaba tan acalorado que ni la piscina ni las cervezas que tomé antes habían logrado refrescarme. Fui atrevido, y me temblaba todo del miedo aunque lo disimulaba bien:
– Mmm … Bom, si voce gosta pode me acompanhar … — me dijiste abriendo la tela de esa maravillosa y bendecida hamaca para hacerme un lugar. Tenía unas ganas tremendas de tirarme de cabeza, “de palomita” le decimos por estos lugares, a cuando desearías tirarte al vacío si se trata de un lugar al que te encantaría lanzarte, bueno, así me sentía en ese momento. Tu rostro se puso colorado como un tomate, pero tu sonrisa no dejaba de mostrar tu picardía, ya habías salido a la superficie conmigo, estabas empezando a flotar a mi lado de a poco.
Por supuesto no me podía negar para nada a tu ofrecimiento. Me acerqué y tiré de la tela, luego me senté sobre la hamaca, y con un giro hacia mi derecha me pegué a vos, haciendo que la hamaca se abalance de golpe, y generando un movimiento pendular y brusco al probablemente duplicar el peso que llevaba encima. La tela nos abrazaba de la misma forma que me hubiese encantado abrazarte toda en ese momento. Los árboles lo soportaban todo, y las cuerdas eran lo suficientemente gruesas y fuertes para que vos y yo pudiéramos disfrutar de ese momento. Nos reímos en ese instante, fue como una risa que al principio dejó entrever un poco el miedo a caerse, el miedo a que una de las cuerdas cediera, se rompa y caigamos los dos al piso, pero después se convirtió en una risa cómplice. El contacto del costado de mi pierna derecha y mi torso se fue adecuando a la piel de tu costado izquierdo, fui conociendo tu piel, tus poros, tu tacto en ese juego casi infantil y aventurero columpiándonos sobre la hamaca. Aunque no lo pudiera creer estaba cerca de tu boca, ubicado a tan sólo una tentación de distancia de comerte toda. La tentación estaba dentro mío, solo que me estaba aguantando enormemente las ganas como una represa mal construida que está a punto de colapsar. Como un globo al que no le cabía un átomo más de aire antes de la explosión inminente.
Cuando nos calmamos un poco pudimos cambiar unas palabras.
— ¿ Te sentes bem ?
— Sí, melhor imposible. ¿ Tú ?
— Eu também, aunque … un poco nerviosa — dijiste y soltaste otra risita picaresca.
Tus rizos morochos decoraban tu rostro. Eran desordenados como las ramas de un arbusto frondoso, aunque me perdía en ellos siguiendo su recorrido. No podía parar de mirarlos. Tu cara de mujer seria y aparentemente preocupada en otros asuntos, a veces con tus lentes de armazón grueso negros, y otras tantas prescindiendo de ellos, todo eso era sólo una fachada para mi. Estaba seguro de que detrás de aquel traje se escondía una mujer tanto o más pecadora que yo.
Una pecadora disfrazada de estudiante.
Recuerdo la primera noche que hablamos: había bajado del segundo piso por las escaleras, y al llegar a recepción te encontré. Estabas con el resto de tus compañeras de habitación, buscando qué paseos realizar al otro día. Me acuerdo que me preguntaste qué idioma hablaba, y te dije que me defendía bien con el portuñol, aunque sabía mejor inglés. Esa noche hablamos totalmente en inglés, pero a partir del segundo día te soltaste más conmigo, y entonces empezamos con el portuñol. Nos acompañaron a partir de ahí muchas tertulias al atardecer, con los pies descalzos sobre la arena húmeda, las chancletas en las manos, y el agua salada tocando nuestros talones cada tanto.
Mis charlas contigo siempre eran excitantes: se sentía como una montaña rusa de emociones el intercalado de idiomas, la incertidumbre de no saber en qué idioma me ibas a hablar en tu próxima frase se sentía como un chispazo por dentro. Mezclando palabras de uno con palabras del otro, se asemejaba a un juego en donde poníamos a los idiomas y sus palabras a hacer el amor entre sí en una cama completamente destendida. Un toqueteo, un franeleo de idiomas. El español y el portugués se trenzaban para formar entre los dos un nudo casi imposible de desatar, y a veces un tercero en discordia, el inglés, se metía de intruso, saliendo por las puertas del ropero, para desatar el caos en aquella habitación como en una pulsión de muerte autodestructiva.
Un hermoso trío lingüístico.
La tela que nos envolvía como orugas nos mantenía a solo cinco centímetros el uno del otro, y podía apreciarte como si tuviera una lupa en mi mano. La curva suave poco pronunciada de tus mejillas, tu nariz pequeña, tierna, acariciable, y tu boca de frutilla, no la había probado hasta ese entonces pero durante varias noches me la imaginaba con ese sabor. A frutilla. Morango.
— ¿ Te conto um segredo ? — me acerqué milimétricamente a tu oído bajando el volumen de mi voz y acrecentando el timbre grave — não parece, mais … eu también estou muito nervioso.
Te reíste de nuevo.
— Por que será que você se sente … nervoso ? — dijiste pausadamente y empezabas de a poquito a frotar tu pierna derecha sobre la mía mientras tus ojos negros me miraban fijamente a la espera de una respuesta. No dejé de falar suave y grave al oído.
— Porque una mulher misteriosa como você me faz sentir así ... Eu gosto da intriga.
Moví mi pierna para el otro lado de a poquito invadiendo terreno, y entonces las tuyas y las mías se entrelazaron como dos tijeras. Ellas ya se estaban acariciando dentro de nuestro envoltorio de oruga de la hamaca. De pronto el hecho de estar en un lugar compartido con otras personas dejó de importarnos en lo absoluto. Tu cintura se apegó a la mía, de golpe sentí que entre tu pelvis y tus piernas me apresabas como la boca de un caimán, inmovilizándome aún más. Moviste tus manos para colocarlas sobre mi pecho y entonces levanté mi brazo derecho para envolverte a la altura de los hombros. Mis labios se apartaron de tu oído para casi rozar tu mejilla como en una caricia apenas perceptible, y aterrizar luego sobre tus labios. Con mi otra mano despejé tus rizos a un costado para poder apreciar el panorama completo de tu rostro dejándolos detrás de tu oreja, y la punta de mi pulgar recorrió tu mejilla rompiendo definitivamente con mis miedos.
Te vi cerrar los ojos en ese momento, y yo también hice lo mismo enseguida.
Dos lenguas se tocaron, una vez más.
Dos lenguas hicieron mucho más que sólo tocarse.